Ángel Saldomando
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La caída de precios de materias primas puso fin al ciclo de auge en América Latina. Cayeron las expectativas de crecimiento del PIB entre 2% y -2% para 2017-2018, contrario al ciclo de bonanza en torno al 5% anterior hasta 2011. Los análisis mencionan la posibilidad de un retorno a un ciclo contractivo como en los 90 del siglo pasado y la necesidad de plantear una transición a un nuevo equilibrio.  Lo primero expresa el dilema del ciclo eterno: la contradicción entre políticas expansivas y ajuste, con los conflictos sociales que conlleva justo cuando las expectativas sociales habían crecido. Lo segundo plantea otro eterno problema: cómo pasar a una economía más diversificada y menos dependiente de las turbulencias de las materias primas y de productos primarios apenas transformados. Ambos temas revelan que América Latina no tiene sectores estratégicos de desarrollo y que durante la bonanza no ahorró para invertir en transitar a sociedades más sostenibles.

Los términos del primer problema son clásicos. Una vez que el ciclo cambia de tendencia, las políticas expansivas (crecimiento de la demanda, términos de intercambio favorables y apreciación de la moneda, por ejemplo) chocan con la caída de precios de materias primas, de la recaudación fiscal y el aumento del déficit junto con la deuda. Todo esto está comenzando a verificarse desde 2015 y con ello la tendencia al ajuste marca el viraje, con tensiones en el empleo, los salarios y las demandas sociales. Hasta ahí economía básica. 

Los términos del segundo problema interrogan aspectos estructurales, de los cuales los primeros son solo la punta del iceberg. Se ha escrito mucho sobre la dependencia de los recursos naturales, pero menos sobre qué pasa con los recursos que se generan con el periodo de auge. Si tradicionalmente estos recursos se han esterilizado con  el enriquecimiento de oligarquías rentistas, consumo suntuario y fuga de capital, en épocas más recientes estas dinámicas han debido combinarse con discursos modernizantes y desarrollistas. Con ello se justificó la continuidad de la dependencia de los recursos naturales y los costos negativos de los impactos ambientales y sociales. 

Ahora debe interrogarse cómo se generan los recursos, en qué y cómo se utilizan. Sabemos de dónde vino la bonanza, pero adónde fue a parar es otra historia. Parte de ella alimentó las arcas fiscales, las reservas monetarias y los programas públicos, pero en proporción a la base fiscal es claro que esta siguió siendo muy desigual y financiada mayoritariamente por los impuestos indirectos, es decir de todos. No hay transparencia y claridad sobre el aporte real de los recursos suplementarios originados en el boom. No hubo cuentas o fondos específicos ligados con proyectos estratégicos identificados, auditables y evaluables. La inversión en investigación siguió siendo marginal y la relacionada con infraestructura igualmente reducida. Pero sí crecieron los fondos soberanos, la deuda privada y ahora la pública, la fuga de capitales y el consumo indiscriminado, sin olvidarse de la corrupción. 

Existen diferencias entre los países, sin duda, pero la tendencia general es compartida. La desigualdad se mantuvo o se agravó en algunos casos, aunque bajó la pobreza con la disponibilidad de fondos frescos en programas sociales. La inversión pública en general siguió un patrón centralizado y el esfuerzo por apoyar un sector público impulsor fue irregular. Salvo Brasil, que privilegió el sector, en parte Argentina, los demás lo tuvieron en tercera posición; de las cuatro consideradas (Gobierno central, empresas públicas, gobiernos municipales y regionales).

Dada la extensión del ciclo de bonanza, más de una década, existe tiempo suficiente como para dar con evidencia acerca de eventuales preparativos estratégicos, tales como investigación,  transición energética, diversificación productiva, sostenibilidad y cambio climático, descentralización y sostenibilidad territorial, etc. América Latina no parece haberse preparado para el cambio de ciclo, se dilapidaron cuantiosos recursos. Lo preocupante es que la recomendación vaya en el sentido de operar la transición a un nuevo equilibrio, el del ajuste y, otra vez, el retorno a las reformas estructurales neoliberales de triste recuerdo, como década perdida.