Orlando López-Selva
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El expresidente catalán Carles Puigdemont ha cometido varios errores. Estos lo han proyectado mal.

Mi punto. Después de algunas actuaciones en el teatro catalán, es evidente: el liderazgo puigdemontano no parecía tener un plan. Sus últimas jugadas muestran a un político que no sabe dónde está parado. Sigue desubicado, confundido. Se muestra timorato, reactivo, y carente de imaginación. Ahora Madrid tiene a Cataluña contra la esquina. 

Veamos los errores del líder catalán:

1. Actuó impulsado más por el nacionalismo ideológico que por la eficacia del pragmatismo. Es obvio, los nacionalistas catalanes no tenían un plan más allá de la atávica emoción histórica y del ímpetu circunstancial. Para ellos, el Brexit fue un abreojos. Como vieron que la Unión Europea tragaba amargo con la salida de Gran Bretaña, pensaron que en Bruselas, los unionistas horrorizados, se armarían hasta los dientes de precauciones para no dejarse arrancar otro pedazo. Además, la boyante economía catalana les disparó la arrogancia por la Vía Láctea. Creyeron que este era su momento. No lo fue. Faltó análisis de escenarios y perspectivas. El liderazgo de la CUP y Junts pel sí, creyó que todo era como soplar y hacer garrafas. ¿Pifia o apuro?

2. No previó jamás un desaire internacional a su causa independentista. Hasta la cautelosa China apoyó verbalmente a Rajoy. Del otro lado, solitarios en la llanura: la lideresa escocesa Nicola Sturgeon y un oscuro funcionario flamenco. ¡Nadie más! Para emprender la construcción de un nuevo Estado, nunca hicieron cuentas o se preguntaron: ¿Qué Estado u organización internacional nos apoyará? ¿Cuánto respaldo tendrá España? Lucubraron su perfidia, primero ajustándose constitucionalmente a Madrid, y luego, cuando el oportunismo supuraba, “optaron” por desentenderse de sus socios españoles  de buena fe que hicieron trato con ellos. ¿Ingratitud o cálculo? 

3. La salida de 1,600 empresas de Cataluña es un golpe brutal a la economía y causa catalanas. Los entusiasmados independentistas padecerán la ruina después, cuando les ahogue el desempleo, la pobreza y el aislamiento. Pagarán el precio de seguir las ideas de hiperfanáticos revoltosos y etnocéntricos que creían que el mundo los miraba y admiraba. Pero del sentimiento a la razón hay largo trecho. Nadie les ha contado el cuento de cuna que esperaban: mimos a su infantil desatino chauvinista. No. Ir contra la corriente es tarea titánica. No estaban preparados, ni están. Primero se sopesan los escenarios probables. La fuga corporativa y la pérdida de confianza empresarial han producido un daño previsible. Es una embestida de ariete contra la tramposa e ingenua urdimbre nacionalista. ¿Estaban preparados para un combate largo, sin intuir siquiera que se les abrirían otros frentes? 

4. Puigdemont no fue claro ni contundente al pronunciarse sobre la independencia. Demostró confusión, aturdimiento e ineptitud. ¿Tenía solo un plan de pies cortos? Al darse cuenta que no tenía apoyo más allá de sus narices, no podía  desalentar a sus seguidores. No tiene sextante, astrolabio ni  brújula. ¿Solo está esperando la reacción de la Moncloa? No parece tener determinación ni metas a cumplir. ¡Ojo! Ese error en política si se revierte, sería visto como traición. ¿Liderazgo pusilánime y amedrentado?

5. Si Puigdemont deseaba separarse de España, ¿por qué apoya ir a elecciones? Demuestra no tener recursos ni  imaginación. Esa era una idea que el partido Ciudadanos, liderado en Cataluña por Inés Arrimadas (¡la brillante política andaluza-catalana!), ha sostenido como bandera por mucho tiempo. Y hacer de rebote lo que Madrid decrete, evidencia que siguen escuchando a sus vilipendiados adversarios. ¿Anodinos o divididos? 

A ello, sumemos el viaje a Bruselas. Puigdemont, primero dijo ir a “buscar seguridad”. Después afirmó que volvería para luchar en las urnas. ¡Queda muy mal! Es un liderazgo de poco aguante y débiles golpes. No sabe batallar más allá del primer round. Ahora da vueltas por el ring, buscando las cuerdas. ¿Está esperando tres cosas? a) que Madrid cometa algún error, atropellando derechos humanos para granjearse incuestionables simpatías internacionales; 2) que algún líder de peso global los apoye; 3) que más indecisos se sumen a su causa por alguna torpeza del gobierno madrileño.

En conclusión, Carles Puigdemont parece no saber dónde está  parado. Tendió una trampa en la que él está convirtiéndose en la presa. Si un político no tiene iniciativas, usa un discurso repetitivo, se esconde, y no consigue sumar simpatías internacionales a su causa, es cuestionable su liderazgo. ¿O solo ambiciona ser mártir?

Sería bueno medir el descontento popular entre los que se aventaron, y ahora que van en el aire, no tienen de dónde agarrarse.