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El grupo de los veinte se reúne en estos días en la capital británica para analizar las posibles alternativas que pueden emprender de manera coordinada los ocho países más industrializados y los once países emergentes de mayor relevancia en la economía mundial.

El manejo que le dé este importantísimo foro multilateral al tema de la crisis puede representar un punto de inflexión muy importante para comenzar a vislumbrar la salida o bien desatar aún más el pánico y provocar mayores afectaciones en términos económicos y políticos que vendrían a agravar el ya complejo escenario internacional.

La principal expectativa que llevan los principales líderes mundiales a esta reunión es la de emprender profundas reformas estructurales a las instituciones financieras multilaterales que están siendo cuestionadas duramente estos últimos tiempos. Rediseñar el mecanismo de funcionamiento del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otros organismos financieros regionales como el BID podría representar una valiosa oportunidad para las economías emergentes de lograr espacios más amplios e influyentes en el seno de estas instituciones y que les daría una mayor relevancia en lo que concierne a la influencia que tendrían importantes países emergentes, como Brasil, en la definición de las políticas generales que regirían el funcionamiento de estos organismos multilaterales.

Para nadie es un secreto el lamentable impacto que han tenido las políticas altamente restrictivas y los desmesurados programas de ajuste que puso en marcha el FMI recurriendo al chantaje y la imposición de una visión de desarrollo económico de corte netamente anglosajón a lo largo y ancho del planeta; ensañándose principalmente con los países más pobres. El mundo para el FMI ha sido simplemente o blanco o negro aplicando con férreo rigor las doctrinas económicas formuladas por los ideólogos neoliberales del Norte y que deberían meter en cintura y poner, a marcha forzada, a los países emergentes en la senda del desarrollo. Sin embargo, el estrepitoso derrumbe de la doctrina neoliberal pro libre e irrestricto mercado en detrimento del rol necesario de los gobiernos en lo concerniente a la normatividad, regulación y corrección de las fallas sistémicas de la más radical economía neoliberal ha puesto sobre la mesa serios planteamientos en contra del papel histórico que han venido desempeñando las dos instituciones insignes del sistema financiero internacional que son el FMI y el Banco Mundial.

Una apertura saludable debería darse si se tiene en cuenta que países como Brasil, China y México, por mencionar algunos, han alcanzado una gran relevancia en el escenario económico mundial, misma que debe revalidarse a través de una mayor influencia en los foros multilaterales. En especial esta apertura debe favorecer a China que es el principal acreedor de Estados Unidos y que tiene el poder de hacer tambalear a la economía más importante del mundo si así lo deseara.

América Latina, y Asia tienen muchos planteamientos que llevar a esta reunión y deben comenzar a hacer valer su peso económico para ganar mayores espacios políticos a nivel internacional. Las declaraciones que hiciera el presidente Lula la semana pasada afirmando que ésta no debe ser una reunión que programe la siguiente reunión sino que debe proponer medidas concretas y efectivas que vayan en sentido de resolver la crisis son una campanada de alerta para que los países más ricos del planeta no sigan teniendo esa visión negligente respecto de las economías emergentes ya que la crisis ha revelado la importancia de impulsar un consenso justo y armónico en lo relativo al crecimiento económico y el desarrollo que debe primar en las relaciones de los países del Norte respecto de los del SUR.

Si nada cambia respecto de la filosofía que rige el actual funcionamiento de los organismos financieros internacionales en el futuro cercano podrían comenzar a surgir iniciativas regionales que lo que harán será socavar las zonas de influencia de estas desgastadas y desacreditadas instituciones financieras mundiales. Podría surgir un Fondo Monetario Asiático que se enfoque en una nueva filosofía del desarrollo y que estuviera dotado con suficientes fondos como para opacar al FMI en esa zona del planeta o bien un Banco de Desarrollo regional en Sudamérica liderado por las economías emergentes más sólidas que vendría a consolidar bloques regionales que dependerían cada vez menos de los gigantes financieros mundiales manejados por Europa y Estados Unidos.

Sólo queda esperar que esta reunión del grupo de los 20 integre de mejor manera a los países emergentes en lo concerniente al rediseño de la arquitectura financiera mundial.


*Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.