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Tengo frente a mi ventana un árbol que me ha enseñado una lección de vida. Cuando llegué hace algún tiempo, era una fiesta de verdor por las noches, cuando el viento empujaba sus ramas, parecía que bailaba antiguas danzas con mil brazos oscuros; por las mañanas, pájaros y pericos silvestres entonaban sinfonías corales. Era una alegría verlo, potente, vibrante, siempre haciéndome señales con sus ramas, moviéndose, bailando, recordándome que estaba allí, que la vida era verde, era buena y que valía la pena vivirla.

Cuando algún detalle, una pequeña astilla, lastimaba mi corazón solo bastaba echar una mirada a mi árbol para recobrar la serenidad. Otras veces, bajar y sentarme bajo su sombra, como lo hacía cuando pequeña con otros árboles, era encontrar una paz simple y compartida. Pero la máxima dicha era desde mi ventana, acurrucada en un mullido sofá, levantar la vista de las páginas de un libro y contemplarlo: “Mi árbol”. La mirada profunda que me devolvía le daba sentido y significado al reino de lo cotidiano.

Hace algunos meses algo cambió, parecía morir, de potente y fuerte empezó a parecerme frágil y desvalido. Su melena verde empezó a caer. Cuando el viento arreciaba, sus ramas desnudas, crujían con un sonido lastimero y extraño, como de mil huesos rotos. Los pájaros, como los malos amigos, parecían haberlo definitivamente olvidado. Era extraño, pero la sensación que tenía era de contemplar a un moribundo. Pero, más que extraño, era triste. Pensé muchas veces en lo que debe ser la muerte.

Casi había dejado de mirarlo cuando una mañana noté algo diferente. Algo de ímpetu y de inquietud escondían sus ramas. En la mañana siguiente había un destello de verdor en sus ramas, como una promesa. Y cada día me asombraba con un regalo nuevo, nuevas ramas, más follaje y, por último, como si nacieran coronas, ha empezado a florecer.

He pensado que algunas veces a nosotros nos ocurre lo mismo. Tenemos un día ritual en el calendario para recordar la muerte. La muerte legítima, austera, solemne, aquella que todos tememos. Pero nunca reflexionamos sobre aquellas pequeñas muertes cotidianas que casi siempre vivimos. En las que, al igual que el árbol, empiezan a caer una a una nuestras hojas y sentimos que aunque el mundo ría, nosotros morimos por dentro. La muerte de un ser amado, la lejanía, la pérdida de un ideal o de un bien, la traición, el divorcio, la ruina económica son terremotos morales que nos arrancan de raíces y parece que morimos. Como si nuestro ser se hubiera convertido en los pedazos rotos de un espejo. Pero luego de un tiempo, más tarde, al igual que el árbol, reverdecemos, salimos más fuertes de aquellas muertes, más sabios, más humanos, convertidos en árbol del conocimiento. Aquello que no nos mata, nos fortalece, dicen los abuelos.

El río de la vida nos enseña que no existe una sola muerte, sino infinidad de pequeñas muertes cotidianas y que no solo se nace una vez, sino cientos de veces…

* La autora es embajadora de Ecuador en Nicaragua.

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