Pedro Hurtado Vega
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Cada año, los 20 de noviembre se celebra el Día Universal del Niño y la Niña, evocando dos eventos relacionados y coincidentes en ese día: el 20 de noviembre de 1959, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño de manera unánime por los 78 Estados miembros de la ONU en esa época. Treinta años después, en 1989, la Asamblea General adoptó la Convención sobre Derechos del Niño y la Niña (CDN), que ha sido un verdadero parteaguas en cómo la humanidad concibe y dice debe tratarse al 40% de la población mundial.      

La CDN es el tratado internacional más ratificado en la historia y reúne al mayor número de Estados: actualmente ha sido ratificado por 196 Estados reconocidos en la Asamblea General de las Naciones Unidas (todos con la excepción de los Estados Unidos de América, a pesar de que en 1995 Bill Clinton dio el paso positivo de firmarla). Nicaragua fue por cierto uno de los originales países signatarios de la CDN, ratificándola en abril de 1990 e integrando su pleno reconocimiento en la Constitución Política en 1995. 

La CDN recoge los derechos económicos, sociales, culturales, civiles y políticos de todas las niñas, niños y adolescentes del mundo. Su aplicación es obligación de los Estados y de manera específica de los gobiernos, pero también define responsabilidades de otros actores sociales, como padres de familia, profesores, personal de salud y los propios niños y niñas.

En estos 28 años Nicaragua no ha sido ajena a cambios generados bajo el estímulo de la CDN: a) el marco legal ha sido modificado con visión de largo plazo: desde la aprobación y entrada en vigencia del Código de la Niñez, pasando por leyes diversas, hasta llegar al Código de Familia; b) las instituciones han sido dotadas de un discurso y también de una práctica que es amiga de los derechos de la niñez; c) el movimiento social por esos derechos –promotor de los principales cambios- ha visto transformaciones de forma y de fondo, habiendo pasado de la denuncia a la propuesta, sin restarle fuerza a la crítica constructiva. Uno de sus representantes más emblemáticos, la coordinadora de ONG que trabajan por la niñez-CODENI, también está de cumple en estas fechas: 25 años.   

Son innegables los avances del país en cumplirle a la niñez y la adolescencia sus derechos. Las coberturas de salud y educación, los espacios recreativos y el derecho a un nombre están en vía de convertirse en referencias para otros países. Pero aún tenemos retos muy grandes. Y los tenemos las instituciones de Gobierno, las organizaciones sociales y cada nicaragüense. Señalo tres en las cuales todas y todos podemos aportar y darle mayor énfasis: 1) la calidad de la educación, 2) la protección de la niñez ante la violencia en todas sus formas, y 3) la inversión en la niñez a todos los niveles del estado y de la sociedad. 

Esta propuesta pasa por reconocernos, adultas y adultos, niñas y niños, nuestra condición de personas y de los derechos inherentes a tal condición: los derechos humanos. El conjunto de ellos, nos ofrece un punto de partida y una meta de desarrollo. Máxime si se trata de los derechos humanos de la niñez. En términos de Paulo Freire, hablamos entonces de la “utopía posible”, donde tengan vida valores tales como: la igualdad, la equidad, la solidaridad y la justicia, la libertad, la riqueza en la diversidad y el respeto mutuo. 

El sentido de prioridad no solo debe estar determinado por las cosas urgentes, sino por las importantes. Y la niñez, además de urgirnos, nos importa.