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Terminado el gobierno de Bachelet e iniciado el siguiente llegará la hora del balance. Pero hay hechos de contexto irrefutables: la presidenta se va muy disminuida en su popularidad, las ilusiones que encarnó para un período de reformas sentidas por la sociedad se disiparon en un camino de idas y vueltas confuso, la clase política está hundida en el descrédito y la abstención electoral es récord. 

Estas elecciones en su primera vuelta, se ejercieron  con el voto voluntario, un escrutinio proporcional parcial no absoluto, con más candidatos y nuevos actores. Surgieron varios: el frente amplio a la izquierda del oficialismo, la democracia cristiana corriendo esta vez por su cuenta, una candidatura de extrema derecha por fuera de la coalición de derecha de Piñera, etc. Esto refleja que el bipartidismo de facto que ordenó la política chilena en dos coaliciones desde 1990 se acabó. 

Los resultados de esta primera vuelta indican, con los que votaron, pues hubo casi un 54% de abstención, que el país está más a la centro izquierda que a la derecha. Pese al triunfalismo del candidato Piñera de Chile Vamos y a la imagen de ganador defendida por los medios y encuestadoras afines, que hasta rozaron la posibilidad que ganaría en primera vuelta, se estancó en 36%, lo que obliga a la segunda vuelta. Guillier pro-oficialista obtuvo 22%, quedó para el ballottage, Beatriz Sánchez del frente amplio 20%, en tercera posición. Entre ambos estará la carta para ganarle a la derecha. Esto se zanjará en la segunda vuelta del 17 de diciembre.

Otros efectos colaterales se han generado, se modificó la composición del Parlamento en beneficio de la derecha y la izquierda, reduciendo la coalición oficialista centrista. Una generación de viejos políticos denominados aquí “el partido del orden”, transversal y conservadora ha salido eyectada. La democracia cristiana es el principal perdedor. Hay caras nuevas, jóvenes y femeninas. Territorialmente también hay novedades, ya que se alteraron los controles políticos y ciertos clientelismo locales se quebraron. 

Si esto son buenas noticias para un país al que se la adjudica un conservadurismo atávico, miedo al cambio y un entramado político conservador, pueden ser un espejismo frente a duras realidades de fondo.

La agenda de temas que hay que enfrentar pone a prueba la capacidad política. El cambio de la constitución heredada de la dictadura, las reformas de la salud y educación privatizadas, el sistema de pensiones privatizado en manos de los grupos económicos, los problemas ambientales, la necesidad de pasar a un modelo económico más sostenible y menos dependiente de materias primas, son cuestiones que han sido sistemáticamente postergadas. Si esto alguna vez tuvo una excusa, con los argumentos de la estabilidad, el pacto con la derecha, etc.

Es obvio que estos dejaron de surtir efecto. En casi todos los estudios de opinión esta es favorable a cambios en esas materias.   Los compensadores sociales en época de crecimiento, programas sociales focalizados y endeudamiento de consumo masivo tampoco bastan. La gente quiere servicios sociales públicos y de calidad. Esta agenda no ha hecho más que crecer y legitimarse, pero la respuesta política ha sido lenta, conservadora y distanciada del diálogo con la sociedad.

A ello se sumó el descrédito de las política, y de instituciones afectadas por redes de corrupción, clientelismo laboral y familiar. La imagen del Chile formal, legal e íntegro se ha resquebrajado seriamente.

Esto hace que desde hace varios períodos las tasas de abstención electoral se han incrementado a más del 50%. ¿Qué quiere decir el voto que no está unido a una expectativa a una credibilidad mayoritaria en la sociedad? Se convierte en un espejismo democrático y en un exclusivo factor de legalidad, muy separado de la legitimidad. ¿Se puede gobernar en nombre de una mayoría que, en el mejor de los casos en segunda vuelta, si se mantiene la abstención;  podría no representar más que alrededor de tres millones de votantes, en un universo de trece millones y medio? La tasa de abstención pasa a convertirse en el espejo real de la situación política.