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Los pronósticos vuelven a fallar. Ahora fue en  Chile y quizá el más decepcionado con ellos es Sebastián Piñera, a quien le otorgaban un 45% de los votos válidos, que le sacaría una ventaja de más de 20% al competidor del segundo lugar, Alejandro Guillier de la Nueva Mayoría y que la candidata del Frente Amplio, Beatriz Sánchez, no superaría el 10% de las votaciones. El sufragio dijo otra cosa: Piñera arañó el 37% (siete puntos menos cuando en primera vuelta en 2010 obtuvo 44%), solamente logró una ventaja de 14 puntos sobre Guillier y Sánchez, la gran revelación de esa jornada, peleó hasta el último voto por el segundo lugar hasta alcanzar un poco más del 20%, muy superior al 10% que le otorgaban las firmas demoscópicas e instalarse en la tercera plaza. La gran perdedora de estos comicios es la Democracia Cristiana (DC), cuya candidata Carolina Goic no alcanzó el 6% mientras que Marcos Enríquez Ominami, del Partido Progresista, que disputó su tercera contienda presidencial, también se acercó al 6%.

Hay que recordar que la DC, por primera vez desde el fin del régimen militar en 1990, presentó una candidatura independiente separada de los socialistas debido a una serie de reformas impulsadas por la presidenta Michel Bachelet en áreas de la educación, tributaria y laboral con las que no simpatizaban. Las encuestas solamente acertaron en el alto índice de abstencionismo que fue alrededor del 53%. Queda demostrado que los altos niveles de abstención en América Latina no están definidos o marcados por las instituciones electorales. En las presidenciales colombianas de 2014 el abstencionismo rozó el 60%, uno de los más altos de su historia, mientras que en las últimas elecciones municipales de Costa Rica en 2016 la participación fue apenas del 34%. Estamos refiriéndonos a países con tribunales electorales aparentemente infalibles.  

Los resultados en primera vuelta de las elecciones en el país austral, que incluyó legislativas y de consejeros regionales, también  nos dice que siete de cada diez chilenos no quieren a Piñera en La Moneda. El  electorado ha enviado un mensaje a sus líderes políticos identificados con la centroizquierda para que profundicen, fundamentalmente,  en las reformas y los cambios sociales emprendidos  por la administración Bachelet y la coalición que le acompaña. Es así que la Nueva Mayoría, el Frente Amplio, el Partido Progresista y la DC obtuvieron en conjunto alrededor del  55% de los votos. Si partimos de que estas cuatro entidades políticas decidieran hacer un solo bloque para el 17 de diciembre, fecha de la segunda vuelta, y los votos  se transfirieran automáticamente, con toda seguridad Guillier ganaría la elección porque utilizando el mismo mecanismo para Piñera, el otro candidato de la derecha, José Antonio Kast, que llegó a reivindicar a Pinochet, obtuvo casi el 8% de los votos que sumados a los 37% de Pi
ñera, no le ajustaría al  expresidente para la reelección, alcanzando aproximadamente el 45%. Hay otros dos candidatos que juntos apenas lograron superar el 1% de las votaciones.

Más allá de la poca afluencia de electores, la izquierda chilena tiene la oportunidad de conformar una gran coalición para derrotar a Piñera y su proyecto de revertir, por ejemplo, la reforma tributaria y favorecer a una élite de ricos empresarios o despedir a no menos 20 mil trabajadores del sector público. Guillier enamora con sus propuestas de luchar por la renovación de la centroizquierda y hacer que este amplio sector se acerque  más a la ciudadanía, mejorar la eficiencia del Estado y el diseño de las políticas públicas. Sin duda el gran aliado del candidato del bloque Fuerza de Mayoría debe ser el Frente Amplio que además de Sánchez tiene a dos referentes de las movilizaciones de 2011, los diputados Gabriel Boric y Giorgio Jackson (31 y 30 años, respectivamente), dos jóvenes con un liderazgo envidiable, el  primero de ellos fue presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios y hoy vinculado a un Movimiento Autonomista, y el segundo, miembro del Partido Revolución Democrática.
 

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