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En Nicaragua, hasta hace algunos años el abuso sexual, que de forma cotidiana han vivido niñas, niños y adolescentes, generando secuelas traumáticas que pueden expresarse por años, o por toda la vida; había sido un tema totalmente invisibilizado y considerado un asunto “privado”, un problema que se “arregla en la familia”. Regularmente la forma de “arreglarlo” es dejarlo silenciado en el ámbito del hogar.

Los esfuerzos realizados desde los espacios de la sociedad civil, particularmente por aquellos que trabajan por los derechos humanos, sexuales y reproductivos de las mujeres, la niñez y la adolescencia; han venido poniendo en evidencia que el abuso sexual es una condición de abuso de poder y de dominio que viven niñas, niños y adolescentes, aprendido a partir del proceso de socialización histórica y que esto determina que sea un problema de derechos humanos, a partir de:
Que es una violación a los derechos humanos de niñas, niños y adolescentes que afecta la voluntariedad a partir del sometimiento que realiza el abusador, incide directamente en la formación de ideas tergiversadas sobre el cuerpo, la sexualidad, el ámbito en que vive la niña, niño y adolescente; generando un estado de desprotección, desconfianza, inseguridad y temor constante hacia sí misma, hacia las personas y hacia el medio.

Igualmente, incide directamente en el área afectiva, tergiversando el desarrollo afectivo emocional de niñas, niños y adolescentes al vincular el concepto del amor con la sexualidad, generando emociones que van desde la confusión hasta la falsa comprensión de que la única forma de mostrar amor es a partir de la erotización, o bien restringiendo totalmente la esfera afectivo-emocional, para no implicar el aspecto sexual. Una persona que ha vivido abuso sexual en su niñez y adolescencia puede presentar cualquiera de estas secuelas a lo largo de su vida.

El abuso sexual también va a incidir en la formación de las ideas, ya que a partir de su ocurrencia la niña, niño o adolescente recibe información distorsionada sobre su cuerpo, la sexualidad, los afectos, las relaciones entre padres e hijas/os, entre adultas/os y niñas/os; lo que conlleva que haya mucha confusión o bien que niñas, niños y adolescentes vean el abuso sexual como un juego o como algo “normal” en sus vidas.

Todo este conocimiento distorsionado, para el que ellas/os no están preparadas/os, se conjuga con las enseñanzas que desde muy temprana edad han tenido sobre la sexualidad como algo prohibido, vulgar, sucio; lo que viene a ser uno de los aspectos que limita a las niñas, niños y adolescentes para poder hablar y buscar ayuda sobre lo que les está pasando.

Ésta es una condición que marca la vida de las niñas, niños y adolescentes, que muchas veces ellas/os llegan a sentir tan limitada -aun en su vida adulta- que consideran no estar viviendo, o bien que quieren terminar con su vida. Son estos elementos los que determinan la violación de los derechos humanos, cuando no solamente están siendo violados mientras ocurre el abuso, sino que el daño se expresa en toda la vida.

De tal forma que se puede decir que no sólo estamos hablando de la violación del derecho a la libertad sexual o el derecho a decidir sobre su cuerpo, sino que estamos hablando del derecho a vivir sin violencia; igual que el derecho a expresarse, a comunicarse, a movilizarse, el derecho que como niña, niño y adolescente tiene a ser protegida/o. Cada uno de estos derechos violentados por la condición de dominio y atrapamiento que marca el abuso sexual.

El año pasado 1400 niñas resultaron embarazadas producto a una violación, según el UNFPA; otro elemento que se agrega a la violación de derechos es que miles de niños están naciendo posiblemente para vivir más violencia, generada por las condiciones en que fueron procreados. Nos referimos que estas miles de niñas ahora son obligadas a ser madres contra su voluntad y a partir de una decisión que la misma sociedad y el abusador le imponen.

Hace falta que en la sociedad, en la escuela, en la iglesia, la familia, tomemos conciencia de esta violación a los derechos humanos tan frecuente e invisibilizada, que está destruyendo a nuestras niñas, niños y adolescentes. Es importante no ver el abuso sexual sólo como una estadística que además no es real por no ser completa. Es necesario reaccionar para hacer algo que pueda contribuir a terminar con el abuso sexual hacia nuestras niñas, niños y adolescentes. Es necesario contar con un sistema de justicia humanizado, a favor de las víctimas y no del victimario. Así vamos a estar construyendo una sociedad más justa, más humana.

Todas las voces, todas las voluntades contra el abuso sexual.


*Psicóloga
Miembra del Movimiento contra el Abuso Sexual
hablemosde.abusosexual@gmail.com