Carlos Andrés Pastrán Morales
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Antes eran puras carreras con carcajadas y sonrisas en los rostros. Bolsas llenas de comida, frutas, panas plásticas, pelotas y muchas cosas más. A pesar de que era de noche, parecía de día y no existía el cansancio. Explosiones en el cielo y cohetes lanzados a cada momento. Luces y cantos. Gritos y quejas. Niños y adultos. Filas y filas de personas para conseguir utensilios con cantos a la Virgen María. Cantos que todos sabemos de memoria y recuerdos que siempre van a perdurar.

Las purísimas con el tiempo se van convirtiendo en un concepto más profundo. Un concepto de tradición a lo largo de décadas y de familias. Abuelas y abuelos que hacían purísimas para las personas de su pueblo para que llegaran a cantar y recibir. Uno de niño solo tiene recuerdos vagos de aquellos momentos donde solo existía felicidad.

Mientras el tiempo pasa. El conocimiento se adquiere y todo se vuelve cada vez más científico. La educación hace crecer las virtudes para aquellos que quieren aprender. Las tradiciones se van quedando rezagadas frente a un mundo que nos bombardea de noticias y de tecnología. 

Actualmente, a pesar de la gran tasa de natalidad que aumenta cada minuto y de vivir en un país católico en su mayoría, las personas creen menos en las tradiciones, creen menos en las curaciones y en los rezos, en las comunidades, en las iglesias y en los sacerdotes. He visto pueblos en donde cuando yo era niño mucha gente iba a las procesiones del santo local y ahora me he sorprendido de ver menos gente, muchos porque se han convertido a otras religiones. 

Todo es una transformación de pensamientos, de culturas y de tradición. Todo es responsabilidad de lo que viven las personas en sus hogares, cómo se les educa y cómo ponen todo en práctica en la sociedad.

Así pues, poco a poco las cosas van perdiendo el sentido mientras uno crece, se educa, se interpreta y se trata de explicar hechos que ocurrieron hace miles y miles de años que al cabo terminan convirtiéndose en fe y en la convicción de sentirse bien consigo mismo.

Las purísimas de niño son alegrísimas. Luego a algunos les toca realizarlas, no disfrutarlas. Muchos ya no las hacen, otros no van a gritar. Otros si viven y reviven sentimientos día tras día. Muchos no creyentes participan en La Purísima para recibir lo que sea que reciben. Poco a poco se vuelve un torneo de quién da las mejores cosas y de qué altar de la Virgen María es más bonito.

Y la tradición a cómo empezó hace muchos años evoluciona también, eso o va terminando poco a poco, al igual que el pensamiento de las personas. Antes lo típico era repartir dulces, frutas, ahora son artefactos plásticos. 

Cada quién es libre de pensar, hacer y hablar de lo que sea. Este artículo solo da opinión de cómo ha cambiado la tradición de La Purísima con los años, y a la vez cómo ha cambiado el pensamiento de la gente y el pensamiento de uno mismo  tras vivir muchos años viendo la misma tradición, pero cada persona tiene derecho de vivir su fe, de tener su religión, de celebrar lo que estime conveniente y de vivir la tradición intensamente. 

Quizá de pequeño solo se quiere ser feliz, o quizá se es feliz sin tener esa razón o ese conocimiento de vivir la felicidad. 

De adulto tal vez solo se trata de seguir la tradición y ver a todas las personas llegar a gritar al altar, o ser uno mismo el que llega a participar. Otros tienen enorme fe en el dogma de la tradición y lo hacen con devoción y amor. 

Sea lo que sea en ambos aspectos, se vive en sí la festividad de La Purísima, porque está arraigada en lo más profundo de los nicaragüenses, pequeños y adultos, porque es parte de la cultura popular. Es un acto que reúne a la familia y eso es fundamental. 

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