Orlando López-Selva
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Vladimir Putin declaró terminada la guerra en Siria. Y, después, junto al primer ministro iraní Rouhani y al presidente Erdogan, de Turquía, invita a que se reúnan en Rusia, los beligerantes del conflicto sirio: Gobierno y oposición, para tratar juntos de reconstruir al país devastado.

Mi punto: Putin, después de intervenir militarmente en Siria, ahora plantea una negociación diplomática aliándose con Irán y Turquía (ambos regímenes autoritarios). Loable: todo se hará bajo las premisas y protocolos de la ONU. Washington y Bruselas, por decisión propia, se quedan fuera. Putin se está arriesgando mucho por Bashar Al-Assad. Es una prueba de fuego para Moscú. Dudo que todas las fuerzas opositoras atiendan la convocatoria al diálogo. 

Cuando una guerra se acaba llega la parte más difícil: conseguir la reconciliación entre los contendientes. 

El Kremlin debe terminar el juego que comenzó. Hasta hoy ha sido exitoso, militarmente. Le ayudó a Bashar a no sucumbir. El costo: se destruyó todo un país para llegar a ninguna parte, sin importar la vida de miles de sirios que perdieron a familiares, sus hogares, murieron o debieron huir.

Putin arriesgó mucho por su aliado en Damasco. Se habría evitado demasiados daños --baños de sangre y las profundas heridas que quedarán en Siria, por mucho tiempo--, si lo hubiera quitado antes. 

Ese conflicto es una vergüenza para la diplomacia moderna. Permitió la prolongación de una tiranía sanguinaria, contra la voluntad popular. Y se consintió que la guerra ahí se balcanizara.  

Indudable, en los escenarios posconflicto en Medio Oriente las cosas tienden a enmarañarse y prolongarse cuando se convoca a las partes a dialogar. Al-Assad debe sentirse confiado en que los generales rusos que le ayudaron a aferrarse al poder, sigan en Siria. Asume que --como Damasco es un bastión del Kremlin-- nunca se irán de ahí los soldados interventores. Pero Moscú ahora debe asegurarse tres cosas: 1) que haya un acuerdo de paz para echar a andar el país y convencerse de que el costo del apoyo ruso valió la pena; 2) que lo acordado sea apoyado  por un número suficiente de facciones opositoras que legitime cualquier escenario posterior, y garantice que el riesgo de una reiniciación de la guerra sea mínimo (de otra manera, sería un empantanamiento caro y ruin para Putin); 3) que se saque del juego a los grupos terroristas y proindependentistas que pretendan desestabilizar al régimen sirio. 

Si las  condiciones anteriores se dan, el mundo le daría la razón a Putin. Él está poniendo en riesgo su liderazgo. 

Lo bueno es que juntó a potencias medianas con suficientes intereses en juego en este conflicto sirio, hoy adormecido. Y tiene la urgencia de que el éxito que le deba asegurar la diplomacia, no se aleje mucho. Para garantizarse que no habrá  errores, Moscú no dudará jamás, un ápice, en jugarse cualquier carta, incluyendo la remoción del mismo Bashar.

Si la ONU entra en juego sería una buena carta de garantía para que las cosas se hagan sin evidentes mañas, argucias o trampas. Y ahí Antonio Gutérres deberá escoger a su representante más idóneo y aceptable para las partes.

Obviamente, habrá muchos perdedores. Entre esos están los nacionalistas kurdos, que con la sola presencia de los turcos ven apocadas sus esperanzas. Pero perderían más si desatienden la convocatoria. Porque en política o diplomacia, el ausentismo es harakírico.

¿Cómo quedará  la diversa y valiente oposición siria?

Difícil creer que todos vayan porque quieran solo restañar heridas. La ONU ahí estará para cumplir su tarea: 1) propiciar un armisticio; 2) retornar, con garantías, a los refugiados; 3) auxiliar a las víctimas de guerra; 4) e implantar mecanismos, acordados por todos, para propiciar  elecciones, la democracia,  la reconciliación, la reinserción de los huidos, y la reconstrucción de la nación siria. 

Acá, aunque los formatos los ponga Gutérres, los contenidos los pondrá Putin. 

Washington y Bruselas enviarán, respectivamente, a un embajador de menor rango para que vaya a ver y oír. Pero deben sentirse “tranquilos”: Putin asumirá vítores o culpas.

Si hay acuerdo sería bueno para la paz mundial (aunque toda paz posconflicto siempre es precaria y riesgosa); y si no los hay, volvería la guerra infausta, causando mayor dolor injustificable.

Moscú está presionado. Si algo sale mal será porque la diplomacia no convocó a todos, o arrastra mucho más sus pies. Putin habrá comprendido que ese camino tortuoso ya Washington lo ha visto, vivido, y pasado mal.

Solo confiemos que las cosas salgan bien, por el bien de los sufridos ciudadanos sirios. 

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