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La juventud como agente de cambio, se constituye en el más preciado activo social. En Nicaragua se estima que en el año 2010, la población menor de 15 años rondará el 38.3% de la población total del país (Cepal). Es evidente que a lo largo de la historia, los jóvenes se han convertido precisamente en artífices y catalizadores de los procesos de cambio político–social, su espíritu rebelde rechaza, dada su natural condición, la conformidad y aspira a la excelencia; entendiéndose rebeldía en su acepción como factor de progreso en función de sus aportes a la sociedad en aras de contribuir a configurar un nuevo orden social.

En sentido negativo, esa misma rebeldía mal dirigida, suele desafortunadamente llevar a la juventud por otros derroteros, negándose asimismo toda posibilidad de progreso, tornándose más bien en un elemento disociable y transgresor del orden establecido al que no aportan soluciones. Los jóvenes entonces tienden a caer en una especie de vacío social autodestructivo y parasitario, al confrontar hasta las más elementales normas de convivencia pacífica, en donde la mediocridad y la violencia pasan a ocupar el espacio que le corresponden al ideal y al de la aspiración a la perfección; ambos elementos transgresores se convierten entonces en su único vehículo de expresión, tendiendo a profundizar el atraso y la descomposición social.

Desafortunadamente, observamos también en nuestra sociedad a jóvenes que se encuentran atrapados en esa espiral de violencia y decadencia, enfrascados en confrontaciones violentas, movidos algunos por oscuros intereses que solamente producen el caos y la anarquía. Este fenómeno de descomposición social no ha de subestimarse considerando la gravedad de sus consecuencias así como las implicaciones que se derivan de su alto costo social.

Es imperativo que los jóvenes rectifiquen y asuman una posición crítica ante su entorno, nuestra juventud ha de tomar cada vez más conciencia de su realidad política y social rechazando la apatía y el conformismo, asumiendo cívicamente el rol que les corresponde en la sociedad como ciudadanos comprometidos y agentes de cambio. Asimismo, los jóvenes en su aspiración de alcanzar un futuro promisorio, han de cuidar y cultivar, entre otras virtudes, su educación e intelecto, profundizar su conocimiento y comprensión de los valores de una sociedad libre, valorar la justicia, la actividad creadora y apreciar su herencia socio – cultural como fundamento de su propia identidad.

Es evidente que en Nicaragua, a pesar de nuestras contradicciones y el lamentable deterioro de altos valores como el respeto a la justicia, la libertad y a la dignidad humana, es esperanzador sin embargo, evidenciar que nos estamos preparando para el cambio generacional, los espacios que hoy usurpan a través de la prebenda y el clientelismo los personeros en su mayoría, de la actual y corrupta clase política, se espera que el día de mañana sean reivindicados por ciudadanos probos y comprometidos con los altos ideales que inspiran y hacen posible la paz social y el progreso. Este es el espacio que les corresponderá asumir a las nuevas generaciones, a los jóvenes que hoy se decidan asumir el reto.

En su Carta Apostólica Dilecti Amici del Papa Juan Pablo II con ocasión del Año Internacional de la Juventud, dirigiéndose a los jóvenes y a las jóvenes del mundo, les decía: “En vosotros está la esperanza, porque pertenecéis al futuro, y el futuro os pertenece. En efecto, la esperanza está siempre unida al futuro, es la espera de los “bienes futuros”.