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Toda formación partidaria responde a los intereses de uno u otro sector de la sociedad. Y cada sector social no representa intereses de clase en general, sino los propios, en su lucha permanente para conquistar el poder político o para conservarlo. Sin embargo, nunca encontraremos un partido político que se presente ante la sociedad de forma tan francamente representativo de sus propios intereses, sino de los “intereses del pueblo nicaragüense en general”, lo cual viene siendo como la piel de cordero para cubrir el cuerpo de un lobo. Si grotesca parece la figura, más grotesca ha sido la intención de los partidos.

Todos lo sabemos, y todos lo aceptamos. Es una especie de convención social espontánea, pero no inocente, pues se trata de aceptar las normas del juego político establecido. Los partidos tradicionales son los que por más tiempo han practicado este juego. La emergencia de nuevos partidos les ha desenmascarado, en primer lugar, su falta representación colectiva, siendo que sólo responden a las cúpulas sociales representativas de la oligarquía dividida entre la bandera liberal y la bandera conservadora, y por último al interés particular de un caudillo y su exclusivo círculo político-familiar.

Pero los partidos emergentes, aunque respondan a intereses sociales más amplios y progresistas, y a sectores históricamente marginados como han sido los sectores medios, obreros y campesinos, son partidos que tampoco han podido liberarse de la influencia determinante de lo más conspicuo de los grupos que los organizan y los dirigen. Los partidos socialistas y comunistas –hablando siempre de nuestro país—, intentaron romper la tradición, al menos en lo que respecta a las formas de organización, programa político, objetivos estratégicos y normas de funcionamiento.

Si los partidos tradicionales nunca rompieron la estrechez ideológica de clases dominantes conservadoras, propietarias de tierras, medios de producción y la riqueza nacional –bienes adquiridos y consolidados desde el poder—, los partidos obreros pretendieron dotarse de una concepción ideológica transformadora, progresista, revolucionaria. Lo lograron sólo a medias. El peso del atraso técnico material y cultural de la nación, si la dependencia del capital extranjero y de la agroexportación producida con medios precapitalistas, impidió el crecimiento de la clase obrera y de su conciencia de clase. Con ello, también su visión y capacidad de lucha transformadora.

El Frente Sandinista de Liberación Nacional, tampoco llegó a ser el partido adecuado a las necesidades de la transformación revolucionaria de nuestra atrasada sociedad, aunque también pretendió serlo. Factores muy esenciales se lo impidieron. El FSLN nació y creció como un aparato político militar, y en ciertos momentos fue más militar que político. Sus dirigentes, los más avanzados, tuvieron la capacidad de analizar las principales características de la situación concreta de Nicaragua bajo la dictadura, y para adoptar la táctica y la estrategia idónea como nunca antes lo había podido hacer ninguna otra organización. Su conocido papel de vanguardia en la lucha por el triunfo contra la dictadura, nos releva de probarlo.

No obstante, ya en el poder no logró forjarse como el partido revolucionario idóneo para conducir al país en revolución. No voy a historiar nada, sencillamente trataré de señalar algunos motivos por los cuales no pudo llegar a ser el partido político que urgía aquel momento histórico.

El grueso de sus dirigentes nunca tuvo experiencia en el campo del trabajo productivo y, por lo tanto, tampoco se vincularon estrechamente a las clases trabajadoras para conocer sus necesidades reales, ni siquiera su psicología como factor social productivo de la sociedad. Sus vínculos más estrechos fueron con el campesinado y, más que todo, con el ánimo de incorporarlos a la acción armada guerrillera. Aunque mayoría social, el campesinado no representaba un sector social avanzado ni laboral ni organizadamente, menos ideológicamente. Los núcleos más avanzados del campesinado, se lograron forjar con la ayuda y la colaboración clasista de los sindicalistas de la ciudad, y luego pasaron a formar parte de la base de apoyo a la guerrilla sandinista.

Ya en el poder, el FSLN se constituyó en partido por urgencia más que por conciencia. Tuvo una Asamblea Sandinista formalmente similar a un comité central, pero sujeta a las decisiones de la Dirección Nacional surgida al calor de la unidad de las tendencias, no de las convicciones ni de fundamentos ideológicos. Máxime que los cuadros más avanzados habían caído en la lucha. Adoptó programa, estatutos y estructuras orgánicas más o menos iguales a otros partidos revolucionarios, pero sus dirigentes y ejecutores se erigieron en jefes partidarios por sus cualidades de combatientes, ajenas las cualidades en el terreno político e ideológico. ¿Consecuencias? La inutilidad en la práctica del programa, los estatutos y la organización, y la preeminencia del voluntarismo de quienes, cuando no podían hacer valer sus conocimientos imponían su voluntad con la autoridad de combatientes. Se imponían por sobre cuadros políticos que, además de hacerles sentir vergüenza por no haber sido combatientes armados, les hacían objetos de discriminación.

En esas condiciones, afloraron los oportunismos encubiertos con la gloria de las armas. Así, nadie iba a poder crear un verdadero partido, y el FSLN se quedó ostentando la calidad de vanguardia política partidaria sin haber llegado a forjarse como partido. Después, con la derrota electoral, devino la debacle conocida: de la frustración, al oportunismo, de éste al autoritarismo y de éste al caudillismo. Total, partido cero.

Por eso, en estos días, ha sorprendido a quienes no tienen en cuenta los antecedentes señalados, la noticia de que el orteguismo, después de organizarse en CPC, ha pasado a una ofensiva de reclutamiento de los empleados públicos “para el partido”. Aparte de la ilegal y abusiva confusión del Estado-partido --lo cual es un decir, porque el único que existe es el Estado, lo otro es el orteguismo-- la entrega de carnés a los empleados públicos va a inflar el apoyo oficial al gobierno, pero no lo va a fortalecer, porque se trata de un canje de carné por trabajo que no necesariamente se va a expresar en los votos para la reelección que desde ya andan buscando.

¿De qué “partido” hablan quienes nunca pudieron organizarlo como tal, menos que puedan hacerlo ahora los recién adoptados? Es una simple manipulación de la necesidad de quienes tienen el privilegio de trabajar en el Estado, de parte de un organismo electorero. Nadie, en las condiciones del desempleo masivo que hay en el país, va a rechazar los carnés que como hojas sueltas los líderes del orteguismo andan repartiendo dentro de las instituciones oficiales.

El orteguismo está en su derecho de llamarse como quiera, incluso como partido, pero en muchos aspectos apenas está repitiendo la experiencia de los partidos tradicionales libero conservadores: cúpula caudillesca privilegiada, manipulando la necesidad laboral a las personas. De previo, les condiciona su voto por el trabajo, después será para unas elecciones que el orteguismo ya prepara para ser ganadas. Si fallara el “encarnetamiento”, el fraude no le sería extraño.