Gustavo-Adolfo Vargas *
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Durante la era del imperialismo predominó la funesta repartición de África, quedando oficializada en la Conferencia de Berlín, la que fue convocada por el canciller Otto Von Bismarck.  En febrero de 1885, catorce naciones encabezadas por el Reino Unido, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II, todo el Congo. Las grandes potencias le concedieron ese territorio sin saber el tipo de persona que era y porque ignoraban el gran tesoro que representaba.

No tuvo que disparar una sola bala para apoderarse del territorio; no lo heredó; tampoco lo conquistó; le bastó convencer a la comunidad internacional, que al darle su soberanía, protegería a sus habitantes de las redes de traficantes de esclavos árabes.

El monarca disimuló su afán económico generando una imagen humanitaria y altruista, que financiaba asociaciones benéficas para combatir la esclavitud en el África Occidental, costeando el viaje de misioneros a esas regiones. Pero en realidad, su verdadero objetivo, era hacerse con una colonia para extraer hasta lo último de sus recursos económicos.

En 1876, en una Conferencia Geográfica, celebrada en Bruselas, convenció a los geógrafos, exploradores y activistas humanitarios de que su interés era “absolutamente humanitario”; lo eligieron presidente de la recién creada Asociación Africana Internacional, luego transformada en la Asociación Internacional del Congo.

Henry Morton Stanley (primer europeo que recorrió miles de kilómetros del río Congo) y otros enviados del rey, se encargaron, entre 1884 y 1885, de que los jefes indígenas firmaban sin saber contratos cediéndole la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo. En tales “tratados”, los caudillos se comprometieron a trabajar en las obras públicas de aquella institución, haciéndoles creer que serviría para expulsar a los esclavistas y modernizar el país.   

El Congo se extendía por un terreno gigantesco, en el que cada tribu vivía de forma aislada. El historiador Adam Hochschild calculó que murieron 10 millones de personas, según las investigaciones llevadas a cabo por el antropólogo Jan Vansina. Todavía en 1889, Leopoldo se atrevió hipócritamente a hacer de anfitrión de la conferencia antiesclavista.

Inicialmente los indígenas aceptaron con buen agrado la presencia del hombre blanco, que supuestamente llegaba para ayudar a “civilizar” a las poblaciones que estaban en condiciones precarias. De esta manera vio la luz la Asociación Internacional, organización que tapaba las ambiciones del rey belga, quien creó su propia empresa para extraer el caucho y explotar el marfil, concedía tierras a empresas privadas a cambio de un porcentaje sobre el beneficio que obtuviesen.

Una de ellas fue la compañía de Katanga o de la Unión Minera del Alto Katanga, que desde 1905 comenzaron a extraer el mineral de cobre a cambio del pago de jugosas comisiones a Leopoldo.

Edmund Dene Morel, obtuvo pruebas sobre los crímenes cometidos y las presentó a la opinión pública. Sin embargo, hasta 1903, el Parlamento británico encargó al diplomático Sir Roger Casement, cónsul inglés en el Congo, la investigación de las denuncias. El informe lo publicó Casement al año siguiente, teniendo un impacto considerable a nivel mundial.

Escritores y periodistas se dieron a la tarea de denunciar en sus obras las atrocidades que se perpetraban en el interior de África; entre ellos destacan autores como, Adam Hochschild en su libro “El fantasma del rey Leopoldo”; Mark Twain (“soliloquio del Rey Leopoldo”), Arthur Conan Doyle (“Crimen en el Congo”) y el novelista Joseph Conrad (“El corazón de las tinieblas”), quien remontó el río Congo y presenciado las desastrosas consecuencias del colonialismo belga.

Entre 1885 y 1906, el catálogo de violaciones de los derechos humanos, podría ocupar libros enteros: desde latigazos, agresiones sexuales, robo de sus poblados y las mutilaciones de manos y pies. Durante su reinado, el Congo pasaría de una población de 20 millones de habitantes a 10 millones.

El rey Leopoldo II de Bélgica, es una persona que nunca se debe de olvidar, principalmente porque fue uno de los mayores genocidas de la historia. Este murió sin ser molestado por sus acciones, todavía se levantan estatuas en su honor y tiene un museo dedicado a su memoria, que es una especie de pequeño Versalles, si bien gran parte de la población belga está en contra.

* Diplomático, jurista y politólogo.