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Soy adicta al café. Tengo para mí que uno de los rituales más bellos y cargados de significado es compartir una taza de buen café. A veces se cree que lo importante está en lo mayúsculo, lo sensacional, la tragedia. A veces se piensa que lo que interesa es el escándalo y la intriga. Pero la felicidad y el placer suelen esconderse en las cosas diminutas, en los actos sencillos de la vida cotidiana, en el solo hecho de sentir y de vivir. A veces, la felicidad, con mayúscula, puede reposar en una minúscula taza de buen café.

Tomar un café recién colado, sorbito a sorbito, mientras se lee el periódico y se mira filosóficamente a través de la ventana. Tomar un café manabita o de Zaruma cuando la lluvia cae y la mañana está triste. Tomar un café cuando se escribe o se sueña. Tomar café mientras una taza tras otra son testigos impasibles del caos mental, del forcejeo con las palabras, de la búsqueda del sentido. Sentir su aroma espeso y perfumado, su sabor dulzón y ácido, su color oscuro como el pecado. Su cuerpo, que al acariciar nuestra garganta nos trae un torrente de ideas. Nos mantiene alertas y filosóficos. Nos acompaña. El café es puerta de acceso a la comunicación y al pensamiento.

Es suscitador, cómplice, musa.

Alrededor de un café se fraguan poesías, música, inventos, novelas, filosofía, obras de arte, amistades, negocios, amores, conspiraciones. Alrededor de un café pueden hacerse confesiones, establecerse alianzas. Pueden saborearse esos momentos íntimos de forma concentrada. Es un símbolo de la tertulia. A través de él se puede conocer la personalidad de quien lo toma. Se puede leer el futuro o llorar sobre el pasado. Es el compañero inseparable en los bautizos y la compañía más segura en los duelos de la muerte. Pone la tilde justa en una conversación. Un sorbo es la coma, la pausa necesaria que hila una y otra confesión. Es un personaje más en una reunión de poetas.

El café vuelve sensual a la gente o la gente sensual toma café. Nos hace nerviosos, vitales, sensibles, apasionados. Un buen café debe servirse caliente, como el amor y debe tener su tiempo. No hay nada más aburrido que tomar un café al apuro y con la puerta abierta. Y como todas las grandes pasiones, hace daño su exceso.

Cuenta la historia que los existencialistas enhebraron su filosofía de la gratuidad de la vida a partir de sucesivas tazas de café en el Flore, y algunos autores han inmortalizado cafés como el Pushkin de Moscú en la inmortal canción Nathaly. Todo lo que rodea al café es leyenda o poesía. Hasta la historia de su nacimiento. Se dice que nació en Yemen hace más de mil años, cuando un rebaño de cabras que se alimentaba de unos frutos color rojo violeta armaba tal jolgorio por las noches, que los monjes del convento próximo no podían dormir. El pastor del rebaño cogió un poco de esos frutos y se los dio al imán, quien los probó en una infusión caliente comprobando que la aromática bebida servía además para que los monjes estuvieran alerta y no se durmieran en sus oraciones. Así nació el famoso khave, como un regalo del divino Alá para el mundo…

Lo cierto es que la libación diaria que hacemos de su sagrado líquido es el inicio matutino de la restauración de las energías vitales y, para algunas como yo, amantes del café, constituye un rito similar al de la ceremonia del té en los lejanos países del bambú y de los cerezos en flor.

*Escritora y embajadora del Ecuador, su último libro publicado es Con (textos) fugaces.