Augusto Zamora R.*
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Decidió el presidente Trump reconocer  a Jerusalén como capital del Estado de Israel, acto contrario a NNUU. Al sentir general de la práctica totalidad de países del mundo.

Como acto ilegal, nadie ha seguido a  EE. UU. en esa vía hacia la nada, porque la nada, en este caso, es ponerle una lápida al ya agónico proceso de paz y terminar de enterrarlo.

Jerusalén es ciudad sagrada para las grandes religiones monoteístas: cristianismo, islamismo y judaísmo. NNUU decidió, en 1947, darle status internacional, para mantenerla abierta a las tres religiones. Israel la quiere para ellos solos.

Vive hoy Israel el apogeo de su poder frente al mundo árabe-musulmán, consecuencia de las devastadoras guerras contra Iraq y Libia y la bárbara intervención contra Siria.

No obstante, ningún poder es eterno ni los hoy humillados y vencidos lo serán siempre. 

Israel en una gota de agua en medio de un inmenso mar musulmán. Una cuña metida por decisión de Occidente, sostenida con dinero y armas de EE. UU. y Europa. Depende su existencia del poder militar y económico de Europa y, sobre todo, EE. UU.

Hoy EE. UU. es un poder en declive. China y Rusia ocupan cada día más espacio y, sin ruido, pero persistentemente, lo están desplazando como centro del poder mundial. 

Cuando ese desplazamiento se complete, los países dependientes de su poder se apagarán hasta diluirse. Tal será el caso de Israel, que en vez de paz, pide guerra.

Y Jerusalén volverá a Palestina.

az.sinveniracuento@gmailcom