Carlos Andrés Pastrán Morales
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Va caminando por las aceras de la ciudad. En este caso, no importó si fuera de mañana, tarde o noche. Apresura el paso, pues se hace tarde. Entre la cantidad de vehículos y la desesperación por llegar al destino, la chica alza la mano para detener un taxi. Un hombre, con apariencia de maleante, destructor de familias, sin bañar, en chinelas, de gorra, en una carcacha pregunta, “¿Dónde vas amor?”, a lo que ella responde: “Del cementerio periférico dos cuadras al sur”. Sube al auto y empieza la historia.

Había sido un día cansado de trabajo o una noche de desvelo. El sueño era presente y el dolor de cabeza no ayudaba en nada. El cansancio se había apoderado de cualquier decisión importante, solo con llegar a casa. Minutos pasaron y miradas se cruzaron a través del retrovisor.

Se sentía una tensión de silencio absoluto. Había muchas personas en las calles. Mucho tráfico. De repente, una voz ronca, tosca, con mal aliento, lúgubre, voz de muerto repica: “¿Y de dónde venís? Un día cansado ¿verdad?”. Y el silencio reposa y un eco se escucha: “Sí…”.

La chica tiene sueño, y aunque no sea la mejor opción, opta por cerrar los ojos, recostarse en la ventana y esperar la llegada a casa.

Después de ciertos momentos demasiado silenciosos y sospechosos el taxi se detiene, la chica abre los ojos y en el mismo instante una mano grande tapa su rostro y nariz con un pañuelo con olor a fármaco, se golpea la cabeza con la parte de plástico del asiento, pega un grito y ese último grito queda solo como recuerdo de los actores de aquella realidad que ella esperaba que solo fuera dramatización o una pesadilla. 

En momentos turbulentos y recobrando la memoria y volviendo a la vida. Sin el sentido de la visión, siente el cuero del asiento, cuerpos, piel ajena, nervios, miedo, gritos, olores, dolor, fuerzas que atoran sus manos y piernas, miembros sexuales masculinos en partes íntimas. Lágrimas cayendo del rostro y decepción.

Un día que se había convertido en rutina, cansancio y dolores de cabeza, ahora se volvía el peor día de su vida. Malditos hombres, piensa.

Sangre recorre sus piernas manchando el pantalón y las medias. Somnífera despierta en un desierto desconocido y peligroso. Un barrio desconocido lleno de tierra y gente desconocida. Llora, pide ayuda “auxilio”. La gente la tacha de loca, otros la ayudan y la llevan a casa.

Pero sin duda mejor hubiera sido ir a otro lado, menos a casa. A casa llegó con llantos y los abuelos y padres la ven con locura y demencia. No creen lo sucedido. “No estés de loca, nada te pasó”, “ridícula”, ”levantate y andá comé”.

La familia no cree, la gente no cree, ella no cree, sabe lo ocurrido, la tortura mental, la demencia y enfermedad de los atroces y los hombres asesinos de mujeres y de sentimientos puros. Sueños destruidos, familias destruidas, mentes destruidas yacen sobre un chica que entre lágrimas no supera lo sucedido.

Sus amigos le creen. Pero no todos le creen. Fue a Medicina Legal y fue afirmativo el acto de violación. Ningún recuerdo del taxi, ni el modelo, ni el color, ni el rostro de la personas, ni el barrio en donde despertó, solo aquel olor a cloroformo, los sentimientos y el tacto mientras dormida sentía como era despojada de su cuerpo y de su alma. 

Es una historia real, pero sin nombre. No es ficción. Le ha pasado a muchas, en una sociedad indolente en la que aún nos falta mucho por ser más sensibles hacia el derecho de las mujeres y protegerlas de tantas vulnerabilidades, sobre todo de los asesinos y los vulgares de la calle. 

La mujer debe ser libre, no posesión de nadie. A la mujer debe respetársele todos sus derechos y reconocer su papel destacado en la sociedad. 

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