Orlando López-Selva
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El presidente Donald Trump acaba de anunciar que trasladará la embajada estadounidense en Tel Aviv, a Jerusalén. ¿Qué problema se soluciona con esta medida? 

¿Le seguirán a los desatinos diplomáticos, más escándalos, las intrigas familiares palaciegas, y las renuncias de funcionarios republicanos de alta confianza?

Mi punto. La diplomacia norteamericana sigue mostrando desaciertos mayúsculos. Demos por sentado: cuando el presidente hable, esperemos que otro funcionario lo corrija. ¿Lo que el mandatario estadounidense diga, estará en desacuerdo con el buen juicio de sus mayores aliados occidentales? En Washington siempre habrá dos puntos de vista encontrados. El primero, será de enunciados altisonantes y efectos contraproducentes; y el segundo, lo que la tradición mantiene: cierto balance, y enfoque en un discurso de tonos y frases ligeras, mientras-se-decide.

Pero antes anunciar el retiro de su embajada de Tel Aviv, el presidente hizo varias llamadas telefónicas internacionales. Trump llamó a sus pares árabes y europeos. En ninguno encontró eco a su política.

Y, luego, en París, el secretario de estado, Ray Tillerson intentó remendar las cosas, diciendo que eso no se va a dar todavía; ni en 2017 ni en 2018. Y todo lo que se evidencia es que los diplomáticos del Departamento de Estado le están poniendo un tapabocas al jefe de ejecutivo, quien, aparentemente, no sabe lo que dice ni lo que hace.

Podría haber consecuencias para Tillerson. Lo pueden renunciar. Y después le seguirá un rosario de eventos innombrables. ¿Cuánto van a cesar estos actos tan desprestigiantes? Con una diplomacia de acciones como la recién anunciada, cualquier cosa puede pasar. ¡Es una política temeraria!

Si Washington desde octubre de 2001 había variado su política exterior para platearse una solución con dos estados paralelos, esta medida reciente no abonará en nada a una postura reenfocada por otro gobierno republicano, el de George Bush hijo.

¿Han sopesado las consecuencias? 

No es sensato. ¿Quiénes han perdido la cordura: los políticos o sus seguidores? 

Comprender las reacciones palestinas ante esta postura, sería  equivalente a ver a los cristianos irascibles, si de repente, decidieran sacar a los custodios de los lugares santos, donde nació Jesucristo.

Religión, lengua, raza o cultura son temas de extrema sensibilidad. 

Un líder de una híperpotencia no tiene patente de corso para hacer todo lo que quiera o decir todo lo que piense. 

No es hipocresía callar, ceder o disimular. Es madurez. Hay  reglas de conducta que hay que cumplir. Hay ciertos protocolos que  no se deben romper. Eso ya está establecido. A ellos se obligan los funcionarios públicos que deben responder a los intereses nacionales, no los partidarios. Si el Presidente tiene opiniones contrarias a los temas que son de convergencia global, no llegará lejos después de expresarlas. (¡Si no, vean lo que está pasando hoy en Palestina! Y ahí cualquier minúsculo error siempre lleva a escenarios incendiarios). Por tanto, es a Israel al que se le está haciendo daño. 

Donald Trump, aunque haya sido electo por simpatizantes republicanos, al momento de asumir la Presidencia de su país, ya no está en el ámbito privado. Está en el ámbito público, que requiere de otras posturas.  

John Kennedy decía que el servicio público responde a otra ética: “una ética distinta a la personal…” La palestra pública es un mundo aparte. Y no es que se pierdan los valores propios o se soslayen los criterios personales. No. Es que el interés nacional en juego tiene primacía sobre las posiciones partidarias.

Y esa ética, o conducta de estadista, la comprendieron muy bien  Charles De Gaulle, Winston Churchill, Felipe González,  Jawaharlal Nehru, Lee Kwan Yeu; y en Latinoamérica, Carlos Menem, Ricardo Lagos, Joaquín Balaguer, entre otros.

No se trata de hacer lo que me da la gana. Los que entran a la política ejecutiva, se dan con una roca en las quijadas al enfrentarse a otras realidades: los precedentes acordados, las prácticas establecidas, los protocolos internacionales, la actitud prevalente de aliados de mayor peso moral.  

Y si Washington, ahora bajo jefatura republicana, tiene intereses encontrados con los valores del mundo Occidental, ello estará llevando, gradualmente, a los Estados Unidos, a distanciarse de sus amigos aliados.

Washington ya lo sabe, lo vive. Lo está padeciendo. Y se producirán ―aunque sea corregible el rumbo― efectos perjudiciales, nocivos y destructivos para su imagen y su liderazgo actual.

Ahora en el Senado y la Cámara de Representantes está la solución. Deben buscar el consenso para salvar a los Estados Unidos de la debacle institucional. Aunque ya la sociedad norteamericana está dividida y enfrentada.