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Cada vez que nos asalta el bochorno festivo y veraniego de Semana Santa, debemos meditar en todo lo referido a tal celebración, ahondando en los grandes secretos que constituyen la verdad de un hecho histórico en el que existen muchos vacíos e indubitables desaciertos. Uno de ellos es la trascendencia del apóstol Judas Iscariote, cuya acción consecuente con la consagración del Mesías, ha sido menospreciada desde el principio del cristianismo.

Cada uno de los hechos narrados tanto en los evangelios sinópticos como en los apócrifos, no fueron más que las aristas indispensables de toda una trama urdida en pos de la salvación de la humanidad, una de las cuales era sin duda, el discípulo predilecto de Jesús. De manera que si alguno de los elementos que conforman ese engranaje llamado “las buenas nuevas de salvación” llegara a fallar, toda su compleja maquinaria no funcionaría y se atascaría irremediablemente.

Sin embargo, Judas fue condenado a las profundas tinieblas de la superficialidad humana, al interpretarse su mandato divino como una baja pasión. Así lo afirma el Vaticano, cuando Benedicto XVI aseguró en una homilía que el misterio Judas Iscariote personaliza al «hombre inmundo» para quien el dinero, el poder y el éxito son más importantes que el amor y por ese motivo no duda en vender a Jesús.

Si imagináramos por un momento, qué hubiera sido de toda esa historia sin la presencia inconfundible del tesorero de los Doce, concluiríamos que hoy, no existiera la redención, porque Jesús no hubiese sido entregado, ni besado, ni crucificado. Entonces la leyenda del Mesías hubiera pasado a las páginas de la historia como la de un necesario “anarquista”, un hombre fuerte de convicciones que se rebeló contra su statu quo, tal como lo planteó Ernest Renan en “La vida de Jesús”.

Dicha suposición no ha sido del todo comprendida por la Iglesia, puesto que cree que se estaría negando la fe y sus principales postulados doctrinarios, cuando en realidad, para el hombre consciente es todo lo contrario.

Gracias a la traición de Judas hubo redención en el crucificado. Despreciar a Judas Iscariote o achacarle su acto como una debilidad humana o error sería contrariar o desconocer la doctrina misma de la cruz. Este discípulo, acaso el más importante de todos -tomando en cuenta el impacto del cristianismo y sus ambiguas creencias- debería justamente ser venerado y proclamársele Santo conforme a los cánones de la Iglesia; la sensatez y apología papal ya lo hubiera ascendido a un nicho propio y singular.

La negación de Judas confirma la negación de Cristo, por lo que hay un hondo desconocimiento cristiano en lo que ellos mismos profesan. Por tanto, el fin de todo cristiano para obtener la verdadera redención, sería no la consecución de los pasos del Cristo crucificado, pero sí el fin aciago y perdurable de Judas. Sólo con esa autoconfesión y reconocimiento del pecado en el hombre se podría alcanzar la eterna salvación.

La reivindicación que Jorge Luis Borges hace de Judas en uno de sus relatos coincide enteramente con la tesis del escritor dominicano Juan Bosch, quien en su libro de 1955 Judas Iscariote el calumniado, revisa la tradición evangélica sobre el personaje, presentándolo como víctima de una interpretación errónea de los hechos. Por lo que a la Iglesia le corresponde redargüirse, como lo han hecho en otras ocasiones, reconociendo el sentido dogmático del acto fiel sine qua non del discípulo vil y marginado por oscuras interpretaciones.

«Sería entonces un favor y un sacrificio por parte de Judas» realizado por el Señor, concluye el profesor Rodolphe Kasser, responsable de la coordinación de los equipos de traductores y restauradores que en Suiza se ocuparon de sacar a la luz el texto apócrifo de “El evangelio de Judas”. Y en efecto, este manuscrito rescatado de las cavernas de la historia, choca con la tradición católica, ya que sostiene que Judas cumplió una misión encomendada por Jesús, pero de vital importancia.

La iglesia no puede convivir con sus doctrinas al margen de la modernidad. Toda evolución es benéfica si de renovar normas y fundamentos inconclusos se trata, sin temer los resultados inasequibles que conciernen a la esencia de la fe.