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Desafortunadamente hay que reconocer que la Semana Santa no es tan santa por sus consecuencias como se anuncia o espera; durante estos días ocurren en promedio cinco veces más accidentes de tránsito, muertes, vidas truncadas, lesionadas y violencia delictiva que la registrada en el común de los días del resto de año, que en las otras 51 semanas del calendario.

Aunque pensándolo bien, tal vez sea efectivamente SANTA la semana “mayor” en referencia, porque por la irresponsable actuación de unos(as) quedan de luto, en el abandono y la consternación, muchos(as) huérfanos(as), viudas, padres, madres y parientes adoloridos y víctimas de la delincuencia, por la actitud irresponsable de conductores(as) quienes en estado de ebriedad, descuidados o atropellando las básicas regulaciones del tránsito vehicular, dañan o matan, atentando contra la integridad física de otros(as) y de los suyos; por la acción temeraria de quienes se sumergen al agua sin precaución, sin saber nadar, negligentes(as) o en condiciones físicas inapropiadas, borrachos; por el mal intencionado comportamiento de quienes no respetan lo ajeno (son también víctimas en un ciclo interminable de causa y efecto), ni el derecho de los demás a la tranquilidad y atropellan su dignidad, integridad y bienes, muchas veces escasos en medio de la escasez moral y económica que nuestras irresponsabilidades, la costumbre, la herencia, la crisis mundial y nacional impone.

Quizás es SANTA porque muchos inocentes, al igual que JESUS serán maltratados, golpeados, insultados, victimizados, muertos por la temeridad o el comportamiento premeditado de otros(as) quienes se convertirán, (lamentablemente es un pronóstico ineludible e indeseable), en causantes del dolor ajeno al provocar en otros(as) daño y quizás también, destruirse personalmente.

Al pasar la semana, quisiéramos esperar que el mal causado sea menor, que no proliferen víctimas qué lamentar ni victimarios qué castigar, ni puedan esconderse en la impunidad que otorgan los desiguales privilegios sociales, prefieran ahogarse en la desesperación de la culpa o simplemente justifiquen lo causado. No caben las lavadas de manos que popularizó Pilatos al darle cabida a su gesto en los Evangelios; ni que lo nieguen tres veces antes de cantar el gallo como lo hizo Pedro después arrepentido; ni el que se vendan por unas cuantas monedas, por el halago o el placer transitorio, como lo hizo Judas antes de ahorcarse desesperado en la rama de un árbol… Desde las imperfecciones humanas individuales y colectivas, las traiciones, evasivas, atropellos al derecho ajeno, hipocresías, irrespeto al prójimo, estamos llenos en la vida política, social, económica, religiosa, familiar y cotidiana, entre creyentes de todas las denominaciones e incrédulos de diversas categorías, por eso es que no terminamos de entendernos y nos atrincheramos en la sinrazón egoísta que nos separa a pesar que Cristo sigue muriendo con la perenne intención de unirnos y salvarnos ¿Quién le ha pedido que nos salve, si en la podredumbre la sociedad convive, unos están bien y otros cada vez peor? Hay quienes refugiados en la cumbre concentrada del poder económico y/o político transitorio, pierden de vista la llanura del abandono, manipulan la ignorancia, son intolerantes ante las diferencias y durante la semana, tendrán la oportunidad de golpearse el pecho. Alguien podrá pensar ¿necesito acaso ser salvado? Nadie salva a otros(as) uno(a) mismo(a) tiene que salvarse, debe querer hacerlo, debe comprometerse en ello más allá de las apariencias, las ceremonias y los ritos. Esas preguntas son tan íntimas y personales, sólo tienen respuesta en la privada conciencia de cada uno, pero ¿a cuenta de qué voy a dañar a otros o impedir en otros su derecho? Todo eso sabemos ocurrirá ¿no es posible que reflexionemos un momento antes de iniciar la Santa que se avecina? Tal vez los actos responsables, el respeto al prójimo, al derecho ajeno prevalezca y no nos hagamos cómplices de las nuevas y frecuentes crucifixiones que en la tan variada e intensa modalidad de la “modernidad” cada día se repiten y con inusitada frecuencia en estos días que deberían ser de quietud y responsable serenidad. Ojalá las tragedias de siempre no se repitan. ¿El mundo será mejor después, nuestro país será menos desigual, la convivencia más constructiva y tolerante? ¿Cuántas semanas santas nos faltan para que sea posible? Que renazca la esperanza, la solidaridad y la compasión después de cada resurrección. Vaya para ustedes quienes puedan leerme ahora y espero también después, quienes no me leerán ahora ni después, mis mejores intenciones que resumo en estas palabras: Paz y Bien.

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