Lucy F. Villagra
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Estoy  por concluir  mi carrera médica. Espero  jubilarme y continuar  proyectos que  no he podido realizar.  Esta carrera nos consume alma, vida y corazón.

No recuerdo el momento que decidí ser médico. Tampoco recuerdo que mi mamá me preguntara a cada rato qué quería ser en la vida. 

Cuando llegó la hora de decidir qué hacer, al concluir el bachillerato, le dije: —voy a ser médico. 

Nadie en mi familia era médico.  Recuerdo que mi hermano me preguntó asombrado: ¿vos sabés que en esa carrera no se duerme? Siempre me ha encantado dormir. Puedo pasar 6, 8, 10, 12 horas durmiendo, mi hermano sabía que me acostaba a las 6:00 p.m. ¡A Dios gracias salí adelante! Ya como subespecialista, conservo esta cualidad, o debilidad. Me realicé variados exámenes para definir si es que tenía algo, pero no, simplemente disfruto dormir. 

Mi vida médica la rige el principio de servicio, sé que es extremo, pero cuando escuché el dicho “el dolor ajeno nadie lo siente” y al solicitarle a mi mentor en medicina interna como no equivocarme en la atención hacia los pacientes y me respondiera “vea a los pacientes como algo suyo, si esa señora que está en la cama es su mamá, dejaría de hacer el examen solicitado, no iría a ver si ya está el resultado de laboratorio, pero sobre todo,  ¿la trataría de mala gana?” ¿Cómo? A mi mamá nunca le haría eso. Señor, mi Dios, permíteme sentir el dolor ajeno. No quiero equivocarme. Sé también que la buena intención no basta, debemos estudiar y estar lo mejor preparados posible. 

Hace muchos años me impactó una noticia de una señora, de Ciudad Sandino, que llevó a su niña por náuseas y vómitos, le prescribieron metoclopramida, el despachador entendió glibenclamida y eso entregó, la madre al ver que su niña vomitaba le dio una pastilla, volvió a vomitar le dio otra, la niña convulsionó y la llevó al hospital, al llegar con el azúcar tan baja revisaron, le dieron una pastilla para bajar el azúcar y no para controlar los vómitos. ¿Quién es culpable? Pero quien quita el dolor de saber que yo, madre, di esa pastilla a mi hija.¡Perdónanos, Señor! Sí podemos mejorar lo que hacemos, lo que escribimos.

Estando en mi consulta, al explicar y entregar todos los documentos a una señora, ella sonrió y me dijo: usted no tiene letra de médico. La quedé viendo con un poco de sorpresa, vi pasar todos los años y esfuerzos por ser médico, puse una media sonrisa forzada, pero antes que le dijera algo, vino el segundo comentario: usted, ¿estudió en colegio de monjas? Mi interior reclamó aun más, calma, calma, le contesté que sí, que sí había estudiado en colegio de monjas.  La paz volvió a mi espíritu cuando la paciente afirmó: sí, se nota que estudió en colegio de monjas, ellas enseñan a escribir bien y usted no tiene letra de médico, su letra se entiende!  

¿Mi letra se entiende? ¿No tengo letra de médico? Ese es el paradigma a cambiar. Tradicionalmente cuando te dicen: tenés letra de médico, no es un halago, es para decirte que tu letra no se entiende.

Estudiante de Medicina tené orgullo por ser médico. Cultiva tu letra. Sos médico y tu letra se entiende. Hay muchas razones por las cuales explican vamos deformando la letra: la prisa al escribir. La cantidad de pacientes que tenemos que ver. El cansancio, entre otras cosas, pero enfocate en ese paciente que estás revisando y escribe su vida con letra legible.

Terminé de ver todos mis pacientes de ese día, con una sonrisa recordé: ¿por qué tengo buena letra? Por mi mamá, por las monjas. Porque quiero a mis pacientes, el respeto que les debo y porque quiero a Nicaragua. Soy médico y tengo buena letra, mi letra se entiende.  Al volver a casa en la noche, me acosté y me dormí, rogando a Dios no hubiera un temblor porque al decir de mi mamá me tendrían que sacar cargada porque no lo sentiría y seguiría durmiendo. Sin embargo, esa fue una de las noches que pasé con insomnio, me repetía: soy médico, mi letra se entiende, es legible.

*La autora es profesora en la UNAN-Managua