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“He gastado mucho dinero en mujeres, alcohol, coches rápidos y fiestas, y el resto simplemente lo he desperdiciado”. Así se despachaba el inglés George Best, uno de los mejores futbolistas de la historia. El mítico delantero reconocía con cierta ironía cuál era el destino de sus ingresos económicos. Si repasamos las facturas particulares de sus homólogos de hoy, observaremos que no difieren mucho en cuanto a los artículos adquiridos o “alquilados”.

Tras caer derrotado el Real Madrid en un partido de liga, un periodista deportivo abordó a Ronaldo a la entrada a los vestuarios solicitándole un análisis del encuentro y de las causas del resultado. El astro brasileño se limitó a responder: “perdimos porque no ganamos”. Su colega inglés Mark Drapper afirmó en cierta ocasión que le gustaría jugar en un equipo italiano, “como el Barcelona”. Un elemental examen a un futbolista sobre nociones de geografía y de historia de los países en los que juegan, pondría de manifiesto el tiempo que dedican a la cultura y al conocimiento. El entrenador del Bayern de Munich, Jurgen Klisnmann, ha intentado habilitar en una zona aledaña a los campos de entrenamiento del Bayern un recinto para que sus jugadores puedan aprender idiomas o técnicas de relajación.

El deporte de élite, y especialmente el fútbol, posee una fuerza unificadora de la sociedad inigualable. Un equipo de una ciudad puede aglutinar en sus gradas a comunistas, fascistas, musulmanes, judíos, chinos y caucásicos. El deporte rey es el gran consuelo para muchos de los pobres y oprimidos del planeta, y sus protagonistas, los futbolistas, auténticos gladiadores de la modernidad, son espejos en los que se miran millones de jóvenes intentando copiar hasta el mínimo detalle. El diario inglés The Sun, realizó una investigación para encontrar a algún ciudadano del planeta que no conociera a David Beckham. Al parecer, tan sólo después de varios meses de búsqueda encontraron a un pastor de cabras en Chad para quien ese nombre no sonaba a nada. Estoy seguro que no hacía falta llegar tan lejos para encontrarnos con un neófito en el fútbol de tal calibre, pero lo cierto, y quizá sobre lo que quería incidir The Sun, es en el hecho de que el fútbol ha adquirido una dimensión planetaria. Es uno de los ejemplos más significativos de la globalización actual. Son escasos los equipos europeos que no lucen publicidad en sus camisetas, o que no gastan sumas millonarias en traer a futbolistas imberbes desde países en vías de desarrollo. Los presidentes de los equipos de fútbol de hoy llegan al palco a base de talonario, comprando acciones de las empresas-clubes, como si de la compra de un yate o una finca se tratase.

Por todo ello, la responsabilidad social del futbolista supera en algunos casos a la de los educadores, los padres, o el Estado. Quien asiste a un estadio de fútbol, o enciende el televisor para ver un partido, lo hace más con la pretensión de seguir a un jugador concreto que para ver a su equipo. Los colores de su corazón son los de la camiseta que porte su ídolo. Ante tal perspectiva es razonable intentar que el futbolista encarne algún valor social positivo aparte de golpear bien a la pelota.

En un partido reciente del Manchester United en Old Trafford, un cartel de un aficionado inglés contenía la leyenda “Manchester United, hijos, esposa: en ese orden”. La gracia de la frase no debiera ser tanta si tenemos en cuenta que es muy probable que así lo sintiera realmente el sujeto que la ideó. Como él millones de personas. El fútbol profesional y quienes lo practican pueden ejercer un efecto sobre la sociedad superior al de convenciones internacionales. Ver a Messi con un libro en la mano, induciría a millones de jóvenes a leer. Un abrazo entre un futbolista árabe y uno judío sentaría ejemplo para el diálogo.

*Periodista
ccs@solidarios.org.es