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El 27 de junio del 2013 se aprobó en Ecuador la Ley de Comunicación. Se trata de un cuerpo legal que impone severas restricciones sobre todos los medios de comunicación, no importa su tamaño o su formato.

La ley crea la figura del linchamiento mediático y la define como el hecho de que uno o más medios decidan publicar información al unísono o durante varios días sobre una persona o institución y que signifique menoscabo de su honor o su prestigio. Tiene un capítulo de “principios éticos”, que significa que se imponen desde el Estado. Crea “defensores de la audiencia” nombrados desde el Estado, que en la práctica son interventores en las redacciones de los medios.

Los medios ecuatorianos han asumido el lenguaje del poder dominante. No se atreven siquiera a chistar. Menos a una pizca de irreverencia y peor a ponerse del lado de víctimas, que en su versión parecen ser inciertas. Hoy los medios corren el riesgo de sobrevivir como empresas, pero desaparecer como espacios para el periodismo.

Durante el período presidencial de Rafael Correa, algunos medios de comunicación concentrados de América Latina y el Caribe comenzaron una nueva campaña contra su gobierno. ¿El motivo? La aplicación de la figura de “linchamiento mediático”, provista por la Ley Orgánica de Comunicación, un ejemplo el  canal Teleamazonas, de la ciudad de Guayaquil, por haber denunciado la existencia de una red dedicada a la adulteración  y falsificación de medicamentos  caducados y trasladados a una bodega clandestina en Cuenca,  que contaba con maquinaria de blisterado, selladoras, etiquetadoras, encapsuladoras para colocar fechas de caducidad adulteradas y registro, una nueva forma de envenenar al pueblo.

Aunque el superintendente de Comunicación, Carlos Ochoa, está claro que tiene muy bien sus dos ojos, su cerebro procesa selectivamente la información que recibe a través de las ventanas de su alma comprometida y “la línea que le han bajado”. Así, para los efectos, es absolutamente tuerto. Y demasiadas veces totalmente ciego, porque está ahí para procurar ver y no ve nada, cuando le piden que no vea.

Consultado en relación a esta nota, Santiago Vásquez, representante de Teleamazonas, dijo que “la ciudadanía merece recibir información verificada, contrastada, contextualizada”, pero para la Superintendencia de Comunicación, que dirigió hasta hace poco Ochoa, era “información distorsionada, descontextualizada, sesgada e imprecisa que genera alarma en la población”.

¿Cómo se saldó el tema? La Superintendencia de Comunicación, en resolución del 4 de agosto pasado, determinó que existió “linchamiento mediático” con afán de desprestigiar a la institución. 

Ver, oír, analizar y escribir no son actos anómalos en periodismo, sino –para seguir con Borges– “la normal respiración de la inteligencia”. Es lo que también hizo el periodista del diario El Expreso de Guayaquil, Roberto Aguilar,  un seguimiento al ministro de Educación, Augusto Espinosa, sobre el escándalo de los abusos a los niños en escuelas y colegios. La desgracia para Espinosa, labrada por él mismo, es haber sido y ser el protagonista principal de esa inmoralidad.

Pobre hombre. No está habituado a periodistas estilo Aguilar. Precisamente es para indeseables como él que votaron la Ley de Comunicación, se inventaron la figura del linchamiento mediático y nombraron al   inquisidor de la talla humana y ética de Ochoa.  Su naturaleza profunda, tallada en el más desmedido cinismo, le dice que si es correísta y está en el ojo de la tormenta, debe hacer lo que el manual indica: victimizarse, callar a los periodistas y guarecerse tras la complicidad cochambrosa de sus compañeros de partido.

Estos hechos, lejos de generar escarmiento, sirven para mostrar por lo menos tres cosas: gente como Ochoa no debe ser ni funcionaria ni asambleísta. Los tribunales sobran y es un escándalo cómo este señor cobró por sus tareas abyectas. Y lo más importante: no hay sociedad democrática sin buen periodismo. 

Espinosa llama “linchamiento mediático” al seguimiento informativo que es una característica del periodismo responsable. Es decir, Roberto Aguilar concertó consigo mismo, para escribir algunas notas sobre las proezas del exministro. Y, al hacerlo, lo desprestigió. Pobre Espinosa, no se ha percatado de que él mismo se despojó de su prestigio, si alguna vez lo tuvo.