•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Como se sabe, el más conocido de los poemas rubendarianos sobre los Estados Unidos es la oda “A Roosevelt” (1904): un clamor latinoamericano contra “la toma de Panamá” emprendida por el presidente Teodoro Roosevelt (1858-1919), a quien nuestro paisano inevitable llamaría “hipopotamicida” y “rinoceróctono”. Pero también elogió al hombre, al “hijo fuerte y tenaz del país del hierro, el progreso y grandeza de la tierra de Washington”.

El nicaragüense universal señaló en 1884 la intrusión del filibusterismo esclavista en Nicaragua de 1856 a 1857, la hegemonía panamericana impuesta por James Blaine (1830-1893) en 1889 y el peligro que representaba “el hombre del Norte” en 1892; condenó la antidiplomacia agresiva de Philander Chase Knox en 1909, refutó las declaraciones Howard Taft en 1911 contra el expresidente José Santos Zelaya y cuestionó la intervención militar de Nicaragua en 1912. Al mismo tiempo, comentó positivamente las invenciones culturales de “la patria del cocktail”, los campeonatos mundiales de boxeo (admiró tanto a Jack Johnson ––uno de los veinte mejores boxeadores de la historia–– como a Booker T. Washington, “defensor de los morenos norteamericanos”–– llamó a este notable escritor hijo de padre blanco y madre negra. 

Darío advirtió sorprendido en los Estados Unidos “el cultivo del cuerpo y de la euritmia humana” y la deslumbrante belleza de Isadora Duncan (1877-1927), “la bailarina de los pies desnudos”, a quien contempló extasiado en París. Asimismo reconoció el inmenso desarrollo de la mujer norteamericana en el período de 1870 a 1900, cuando las arquitectas sumaban 53 y las ingenieras 201, las pintoras y esculturas 15,340, las escritoras 3,174, las dentistas 417, las periodistas 1,536, las filarmónicas 47,300, las empleadas públicas 6,712, las médicas y cirujanas 6,882, las contables 43,071, las secretarias 92,834, las tipógrafas 58,633, las actrices 2,862, las clergy-ladies (damas del clero) 1,522 y las directoras de teatro 943. 

“Los yanquis ––puntualizó en su penúltima entrevista de 1915–– saben de todo. Amasan millones de dólares, escriben libros, construyen ferrocarriles, hacen poemas y lanzan nuevas doctrinas científicas que el mundo respeta y acepta”. Por algo había pedido para los latinoamericanos, en su “Salutación al águila” (1906), “la constancia, el vigor, el carácter” de los estadounidenses; y había leído y asimilado los ensayos filosóficos de Ralph Waldo Emerson (1803-1882), a Egdar Allan Poe (1809-1849) y a Walt Whitman (1819-1892) “dos poetas de una originalidad y vuelo que se han impuesto al universo”; a Benjamin Franklin (1706-1790) y su Poor Richard Almanac, cuya versión en español fue publicada en la Managua de 1897; al sociólogo Henry George (1839-1897) y su famoso libro Progress and Proverty (1879); más la novela utópica del socialista Edward Bellany (1850-1898): Looking Backward (1888).

Por otro lado, el más explícito elogio de Darío a los anglosajones de Norteamérica lo escribió durante la Exposición Universal de París (1900), en la cual quedó impresionado por las conquistas norteamericanas en agricultura, ingeniería, electricidad, instrucción pública, artes, ciencias… “en todas las labores y especulaciones humanas”. Pero también, durante su última estada neoyorquina Darío incorporó los rascacielos, la servidumbre de color, la miseria y a quienes morían de fiebre y de dolor en su poema “La gran cosmópolis” (diciembre, 1914), subtitulado, “Meditaciones en la madrugada”. 

Hasta la expansión y triunfo del baile Cakewalk ––surgido en el sur de los Estados Unidos–– llamó la atención a Darío. “He ahí la obra de la omnipotencia de los millones del Norte” ––comentó en el suplemento semanal ilustrado del bonaerense diario La Nación. 

En resumen, la visión rubendariana de los Estados Unidos se manifestó en dos direcciones. Una ––inicial y denunciadora–– orientada hacia la crítica del expansionismo imperial o política exterior de la superpoderosa nación, o país monstruoso y babilónico”; la otra hacia el reconocimiento ––posterior y laudatorio de sus expresiones culturales como pueblo colosal, pletórico de vitalidad. Ambas, en todo caso, implicaban un común denominador: la admiración profunda a lo que Darío denominó la Fuerza yanqui.

De hecho, es necesario agregar que la dirección fundamental de sus ideas la centró en la identidad latina, concebida frente a esa arrolladora fuerza yanqui, tema que desarrolló en una crónica de 1902. Inserta en el volumen La caravana pasa, Darío cuestiona en ellos, el libro sobre la norteamericanización planetaria del pensador británico William Thomas Stead (1849-1912), ideólogo de la unificación y expansión del English Spoken World; posición desplegada por Darío en Cantos de vida y esperanza (1905).