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Cuando, a veces, las cosas van mal, cuando las deudas acechan con sus viles pronósticos, cuando la vida y sus problemas parecen una bola de fuego, cuando una sale a la calle y ve a la miseria mostrar sus pompas negras, siempre hay un lugar a donde ir, siempre hay un refugio pequeño e inviolable en donde la paz y el silencio tienen su propio pulso, en donde nos hablan de cosas que ansiamos oír y nos transportan a regiones extrañas convertidos en pioneros, peregrinos, astronautas, o donde el timbre de una reflexión tinosa, llena de profundas sugerencias queda resonando en el cerebro para transformarse, en cualquier momento, en una flor: aquel lugar iluminado son los libros.

Tengo mis libros amados. Compro y guardo algunos que no he leído, que esperan soñolientos en los estantes con una abrumadora indecisión; otros, que leí de un tirón y no dejaron ninguna huella en mi alma; unos, los del oficio, en fila, como buenos obreros, con mil y un subrayados, signos de interrogación como orejas dislocadas, cientos de “ojo” y anotaciones intermedias. Los pobres están invadidos de cansancio, con una vejez precoz y lastimera, dispuestos a un remendón más, a una violación de sus páginas abiertas hechas para el amor salvaje y premeditado. Ellos siempre inspiraron lástima a los míos que se quejan de mi amor tan primitivo y voraz.

Carezco de la noción y pulcritud atildada de muchos lectores, en verdad los compadezco.

Los libros que yo amo hablan de un entusiasmo urgente ante una idea, de sudores y pellizcos, de la última lluvia que mojó sus páginas y, a veces, del desbaratamiento sísmico de sus lomos cuando me quedo dormida sobre ellos.

Siento que amo sus páginas, el olor característico de un libro nuevo me enloquece, las hojas que se abren temblorosas cuando mis dedos escarban, las promesas silentes. Tengo otros muy malos, sobreviven con una sentencia de muerte sobre sus lomos; pero, a última hora, me da pena arrojarlos, siento que agravio a un autor, que desprecio un sueño. Por ello, mi biblioteca siempre está sacudida y estremecida por algún libro de más. Quizá se deba a que crea, como aseguraba mi madre, que no hay libro malo. “En el peor de los casos –decía pícaramente– sirve para enderezar una mesa coja, para combatir el insomnio, para planchar documentos y, especialmente, para que sepas cómo no escribir”.

Hay libros que son como los buenos vinos. Son los súper amados. Los he releído un montón de veces, a diversas edades y épocas, y encuentro que cada lectura es diferente, que en mi proceso de madurez emplean un lenguaje distinto. Crecen conmigo y, con la sensualidad de un gato, unas veces arañan, otras acarician. Generalmente son novelas, grandes sagas, proyectos infinitos de vidas dedicadas a la literatura. “La muerte de Virgilio” de Hermann Broch, “Paradisso” de José Lezama Lima, “Bomarzo” de Manuel Mújica Láinez, Sinuhé el egipcio de Mika Waltari, “El cuarteto de Alejandría” de Durrell, “El médico de Noah Gordon y “Pedro Páramo” de Juan Rulfo.

Son pocos pero son. Ellos, son yo misma.

*La autora es escritora y embajadora del Ecuador, su último libro publicado es Con (textos) fugaces.