Augusto Zamora R.*
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Uno de los efectos más devastadores de Internet y los videojuegos en las sociedades, sobre todo las más atrasadas, ha sido barrer gran parte del escaso hábito de lectura.

Antaño, aunque fuera por efecto del aburrimiento, un porcentaje de población infantil tomaba un libro, leía pasquines o coleccionaba álbumes de animales, plantas, banderas.

Algo de conocimiento quedaba, en el desierto cultural que siguen siendo nuestros países. Algo, que era mejor que nada. El panorama actual es de desierto casi absoluto.

Emisoras hay que llaman ‘música clásica’ a música ligera de los años 60 o 70, porque ignoran qué es realmente la música clásica. Los programas televisivos son chabacanería y zafiedad, complementando el ataque inmisericorde que sufre todo lo que sea cultura.

Desde los orígenes de nuestra especie, los juegos infantiles han servido para ir aprendiendo, entre risas, zancadillas y llantos, lo que será nuestra vida de adultos.

Los libros han atesorado por siglos el conocimiento humano para, con la lectura y el estudio, seguir avanzando hacia niveles superiores de conocimiento e intelecto. 

Con el tsunami tecnológico y la vacuidad mental, todo ello va siendo arrinconado hasta reducirlo a nada. Raras son las casas donde hay libros, pero videojuegos no faltan. Perdemos tiempo, cerebro, inteligencia, capacidad de relacionarnos socialmente.

Eso pasa ya. Los países desarrollados ven multiplicarse las páginas de citas y aumenta el número de niños y jóvenes patológicamente videoadictos. Terminaremos zombis, descerebrados y casados con androides.

az.sinveniracuento@gmail.com
 

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