Carlos Andrés Pastrán Morales
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Escuchas trasfondos de melodías metódicas y retrógradas. Crees en la vida y en la muerte. Tienes esperanza en la humanidad con unos complejos pero armoniosos sonidos danzantes en el aire que marchan a tu oído. 

Unos cuantos violines, trombón, trompeta, oboe, baterías, flautas, y demás está decir un chelo o contrabajo. Una orquesta grandiosa cantando temas gloriosos y clásicos al son del olvido eterno. Poco a poco se escucha más intereses en sus melodías y poco a poco la gente se ahuyenta de la verdadera música. 

Qué placer da poder escuchar en las mañanas una versión de Claro de Luna o la Marcha Triunfal junto con las Cuatro Estaciones. Maravillas y emociones que quedaron grabadas en sonidos de altos y bajos. Pianos hermosos con artistas grandiosos interpretando grandes temas. Música de verdad que crea nuevos sentimientos y crean pensamientos profundos de reflexión y de vida. De esperanza. 

Lastimosamente la sociedad y la juventud están ahogadas y encarceladas en una mente cerrada de música desechable. Llena de letras de porquería sin sentido alguno que provoque algún beneficio mental a tu personalidad. Música basura que cantan todos en la radio, en la calle, en las discos. La verdadera música solo está olvidada en viejos vinilos polvosos en la casa de nuestros abuelos. 

Muchos jóvenes hoy en día no conocen las maravillas clásicas. La música de verdad. El sentimiento real de vivir. La música de hoy en día es fácil. Quizás y ni música se debería llamar. No es más que playback con voces atroces y vocabulario vulgar hablando de sexo y otras tonterías. No existe sentimiento, solo basura musical que se mezcla en los oídos. 

Y mientras la gente vive descargando el reggaeton y la bachata en sus celulares, parece que el esfuerzo de Mozart y Beethoven fueron en vano. Grandes pilares de música clásica que la mantuvieron por muchos años, hasta la actualidad. Solo que ahora, ese esfuerzo parece cada vez más pasado y en el olvido. 

Hay gente que no conoce la orquesta. La música. La tensión y el sentimiento puro de piel de gallina de escuchar grandes obras de grandes autores. Hay gente que vive y crece con la música basura de nacimiento. Y eso da un sentimiento de pesar, debido a la oportunidad y accesibilidad a la buena música, que aun por muchas personas no ha sido descubierta. 

Hace mucho tiempo iba escuchando El Lago de los Cisnes con auriculares camino a la escuela de secundaria en el recorrido escolar. Un compañero se me acercó y me dijo que quería escuchar la música que a mí me gustaba. Se puso un audífono en un oído, escuchó tal melodía, y se quedó sin palabras. Me vio con ojos juzgadores, se sonrió maliciosamente y no me dijo nada y se cambió de asiento. 

Seguramente, para su gusto, me vio anticuado o de otro mundo, porque prefirió dejar de hablarme por un tiempo. No creo que uno necesite ser un adulto mayor para gustar de esa música, también los jóvenes. 

Así de triste se aprende a no reconocer lo bueno de la vida por estar acostumbrados a vivir en lo malo, siempre. Ojalá Nicaragua estuviera inundada de más músicos y artistas de verdad. Y mucha más gente que disfrute dichas melodías que están quedando en el olvido por un mundo tan agitado en el que vivimos y en donde nos falta mayor cultura, incluso nos falta conocer más a los nuestros, como José de la Cruz Mena, Alejandro Vega Matus y otros. 

Por eso reconozco el esfuerzo que en Nicaragua hacen muchos artistas por la cultura, por la buena música. Agradezco a la Camerata Bach por mantenerse activa y al director del Teatro Nacional Rubén Darío, don Ramón Rodríguez, por sus esfuerzos.