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La construcción de la solidaridad social; sentir, amar y dar inicio a su gestión y génesis en la escuela de la familia. Ahí nace el primer cruce de hilos para el tejido que hilvana el telar de la sociedad: de una verdadera sociedad con futuro y de futuro. Porque es  ahí donde se construyen los valores, el valor que quita el temor a soñar, emprender y ayudar. Simplemente porque ahí se  enseña y transmite el valorar del trabajo y sentimiento de estar juntos y en conjuntos. Y es ahí, en la fortaleza  de cada día (en la cena de Navidad y de fin de año), donde se renovarán lazos y votos de unidad que dan la energía vital para un 2018.

La familia es ese colchón único en fortaleza para amortiguar aún el dolor más grande que como persona nos pueda llegar de la vida, porque es ahí donde es posible construir y encontrar los lazos y bases para resistir. Es ahí donde al caer, sobrarán los brazos y abrazos que van a impedir el que toques piso, te sostienen, hasta que tomas el aliento para ponerte en pie. No existe otra institución que haga algo igual. Pero la modernidad la relativiza, cuestiona, diversifica y desvalora.

Hoy en día fortalecemos más la competitividad no solo a nivel de las empresas y sociedad, sino que la hemos inoculado dentro de la familiar, transformando este lugar sagrado en el principal lugar de batalla por ver quién es mejor en hacer, decir y dinero. Estamos inyectando el ego del individualismo, en la cizaña que malea el vino de calidad que se forma en la unidad familiar; hombre vs mujer, padre vs madre, hermano vs hermano, etc. Ahí se está dando verdaderamente la III Guerra Mundial, a pellizcos. Competitividad sin puerto de llegada ni norte alguno.

Olvidando la gracia, alegría y maravilla de la unidad que constituyen por edades, responsabilidades y conocimientos, la familia. La familia por su esencia apunta a quien necesita más para unir las fuerzas y esfuerzos para levantar. Competitividad es ese veneno que construye la soledad. ¿Por qué? Porque ocupa la lógica del mejor y el más sobresaliente; crea el efecto de utilidad como sentido de vida, y como contraparte genera valor de que el inútil no sirve, pierde sentido y no debe ser atendido. Tal visión rompe la esencia de lo que es, ha sido, una familia; que da ese sentido de seguridad social a cualquier persona.

Una competitividad que en la búsqueda de ser más, desconfía del resto, lleva a la trampa, socava al hermano, pierde la confidencia de padres e hijos, falsea verdades, etc. Todo permitido porque la meta es ser más. Cuando al final lo que se creará es mi soledad, la exacta contrapartida y extremo de la meta del sentido de la familia (vivir en comunidad).

La lucha por los derechos individuales y mi individualidad me ha traído la intolerancia con la pareja: hoy lo primero que se discute en familia es quién manda más. Es decir, no interesa “cómo nos ayudamos”, porque interesa el “sentir que yo mando”; saber quién da más porque ese tiene más voz y más “derechos” sobre el resto. Tal intolerancia lleva a no ver en la familia la institución que verdaderamente es.

Mostremos estadísticas: en EE. UU. para 2002 el 45% de la población consideraba moralmente aceptable tener hijos sin casarse; subió al 61% en el año 2015, y para 2017 ha crecido más. Por otro lado en Europa en 1990, la tasa de nacimientos sin matrimonio era de 17.4%; para 1998 con el 25.1% y para el 2008 estaba por el 59%; para 2017 la cifra aumentó más dramáticamente.

Estos cambios están fortaleciendo “nuestra soledad”, y en esta soledad ¿Qué pasa cuando enfermamos? ¿Quién nos visita, atiende o está pendiente de nosotros? Al ganar y disfrutar ¿Tiene sentido ganar para mí, y disfrutar para mí y conmigo mismo? ¿Y en la depresión quién a mi lado? ¿Y cuando la economía no me sonríe, quién una mano? En la vejez ¿Quién por mí? ¿Trabajar para quién? ¿Para uno mismo? ¿Tiene sentido eso? Porque ese dar para recibir tiene mayor valor y recepción dentro de la familia. La familia, como refugio de amor y solidaridad la estamos eliminando. Como arquitectos de soledad estamos destruyendo los espacios comunes, para construir los espacios de soledad. Regalemos pues en esta Navidad, un encuentro que fortalezca la familia. Creando en el amor el espacio de soñar. El papa Francisco ha dicho :“No es posible una familia sin soñar”. Y es que cuando esto se pierde “el amor no crece; la vida se debilita y se apaga”.

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