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La decisión de Donald Trump, al reconocer a “Jerusalén como capital eterna del pueblo judío”, en nada contribuirá a la estabilidad internacional. Solo sería bueno para su propio beneficio, recibiría el reconocimiento de su electorado más extremista, especialmente los llamados evangelistas del sur, enamorados de los mitos bíblicos en los que se fundamenta la colonización judía palestina.

El presidente estadounidense les ha tendido la mano, pero según los analistas piensa premiar las posiciones sionistas de los votantes evangélicos a los que debe su elección.

El evangelismo protestante (diferente a la tradicional iglesia luterana), es una corriente transversal que subraya elementos carismáticos y sentimentales del movimiento de reforma; insisten en el “renacer de nuevo”.

De la fe exclusiva en la Escritura, a la lectura integrista del destino de Israel hay solo un paso: “Estar contra Israel es estar contra Dios”. En el núcleo del evangelismo, bastión electoral de Trump, ha prendido el llamado “sionismo cristiano” un concepto desarrollado en Estados Unidos en el siglo XIX, y defiende que la reunión del pueblo judío en Israel, es un requisito imprescindible para la segunda y definitiva venida de Cristo a la Tierra.

Ese proyecto político-religioso lo defienden los evangélicos con textos del Antiguo Testamento, según ellos, no tiene sentido sin “Jerusalén como capital única y eterna”, como lo establece la ley israelí aprobada en 1980. El apoyo al sionismo comenzó en los círculos puritanos de la Inglaterra del siglo XVII, donde era práctica habitual rezar por el retorno de los judíos a Palestina.    

Los líderes evangélicos ven en el Estado hebreo un signo del cumplimiento de las Escrituras. John Hagee (presidente de Cristianos Unidos por Israel), afirma que: “Apoyar a Israel no es un asunto político sino una cuestión bíblica”, para él no son relevantes las quejas de los cristianos palestinos, cuando se les niega el acceso a los santos lugares.

La población protestante evangélica norteamericana (un 25% de la población total), votó en masa por Donald Trump el año pasado y tres cuartas partes apoya con entusiasmo su política. Según los analistas, el presidente estadounidense ha pensado sobre todo en premiar las posiciones sionistas de esos votantes.

Jerusalén, cuyo nombre árabe es Al-Quds (Lo Sagrado), fue fundada por el Reino Ugarit (1450 a.C-1180.C.) con el nombre de Ur-shalim (Ciudad Apacible). Para los judíos es el lugar de la construcción del primer templo de su fe, para los cristianos, la ciudad donde Jesús desarrolló su misión, y para los musulmanes donde Mahoma ascendió al cielo.

Ha sido invadida por imperios viejos y actuales. Fue ocupada en su mitad Occidental por Israel durante la guerra árabe-israelí de 1948, y en su mitad Oriental (que estaba bajo el control jordano) en la guerra de 1967. En 1980 Israel aprobó la “Ley de Jerusalén” para anexionar la parte Oriental, que desde entonces está ilegalmente bajo su jurisdicción.  

El presidente de los Estados Unidos rompe la política tradicional de su país respecto a Palestina, al anunciar el reconocimiento de Jerusalén ocupado como capital de Israel. Lo que es un acto que despoja a los palestinos de todos sus derechos para dárselos a Israel.

Durante 70 años Estados Unidos ha permitido a Israel robar las tierras palestinas (incluso cuando pretendía ocultarlo firmando la Resolución 2334) y hacer una limpieza étnica. Esta decisión de Trump representa una nueva fase en la agresión al pueblo palestino. Los expresidentes Bill Clinton y George W. Bush habían prometido mover la Embajada a Jerusalén, pero no lo hicieron, dejando que el propio Israel a través de sus políticas ilegales y sus leyes se apoderase de la Ciudad Santa. 

En la “Ley del Gran Jerusalén”, incluyeron la expulsión de los palestinos “residentes” de su ciudad natal con trucos, aumentando la población judía de la urbe, trasladando a miles de colonos judíos como votantes elegibles; ampliar sus límites municipales para incluir los asentamientos ilegales en Cisjordania, limitando aún más los derechos de los palestinos, distorsionando la identidad de Jerusalén. 

Benjamín Netanyahu no se esperaba ese anuncio, quien tuvo que soportar la protesta de decenas de miles de israelíes el 2 de diciembre, pidiendo la dimisión de su gabinete por corrupción. 

* Diplomático, Jurista y Politólogo.