•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Tres experiencias marcaron la trayectoria vital de Róger Mendieta Alfaro (San Marcos, Carazo, 3 de julio, 1930-Managua, 11 de diciembre, 2017): el periodismo, la política y la literatura. Indisolublemente unidas, definieron muy pronto su personalidad; pero aquí me limitaré a destacar su escritura creadora: poesía, crónica, cuento, fábula y, especialmente, novela. 

¿Poesía? No fue ajeno al dominio versificatorio del soneto y del romance tradicionales, ni a la fluidez del verso libre. En Costa Rica mereció un galardón para estudiantes, y su “Canto a Lincoln” obtuvo una mención honorífica en el Premio Centroamericano de Poesía Rubén Darío (Managua, 1959). Veinte composiciones dio a luz en El clavel y las rosas (1984) y su restante producción dispersa en Antología de la mar y el vivir en el tiempo (2011). 

¿Crónica? Desde luego. Tal lo revelan tres libros suyos de  tiraje masivo y reeditados: Cero y van dos (1978) sobre la célebre toma del Palacio Nacional, donde sesionaba el Congreso de la República; El último marine (1979), recuento de la insurrección popular y su consecuencia: la caída del tercer Somoza; más Olama y Mollejones (1994), memoria de la juvenil aventura guerrillera de mayo del 59 en la que Róger participó. Amenas y sencillas resultaron esas crónicas testimoniales que no ocultan al periodismo y al político, pero las trasciende. 

¿Cuento? También. Aunque Mendieta Alfaro no tendía al microcosmos, sino al macro, escribió valiosos cuentos. Algunos reunidos en Un asunto de honor (1984), atinado en sus percepciones sicológicas. Otro, “Perra suerte la del rey” (1991), se antologó en la muestra “Diez cuentos de narradores nicaragüenses” (Lengua, núm. 33, junio, 2008) y, con otros cinco, inserto en El viaje y otros cuentos (2012). 

¿Fábula? En efecto. La casa de la yegua y otros relatos (2001) es una serie de 18 piezas signadas por la intencionalidad satírica ––tanto en el estilo como en las tramas–– que logran un completo fabulario carnavalesco. En ella, la tipificación de sus personajes se realiza a plenitud, de manera que ejemplifica la teoría tradicional de acción / tipificación / intención, expuesta por Hebert Thompson en The Fable as Stilistic Test in Classical Greek Literature (1912). Sana, graciosa, divertida, refrescante y renovadora son los adjetivos que merece esta colección de fábulas, la más moderna aportación al género en Centroamérica, tras las clásicas de Augusto Monterrosa (1921-2003). 

¿Y novela? Para Mendieta Alfaro, la novela fue el género donde canalizó toda su potencialidad y afinidad prosística. Seis títulos se acreditó: La piel de la vida (1987), El candidato (1996), La zarza y el gorrión (1999), Hubo una vez un general (2005), La herencia (2009) y Fulgor otoñal (2013). Excepto la primera, se inscriben en la línea más genuina del carácter nicaragüense: la risa en forma de guasa. 

El candidato, centrado en las campañas electoreras contemporáneas, conforma una radiografía y un mural: en una se denuncia la farsa y el fraude, en otro se le trata a los personajes circenses de cada día. La zarza y el gorrión concreta ––en palabras de Álvaro Urtecho–– “la realidad y el deseo, la frustración y la ilusión, la gélida utopía y la calurosa esperanza, la impostura y la buena intensión, las armas destructivas de la muerte y la sonrisa tierna e inocente de la vida”. 

Por su lado, hubo una vez un general también mereció otra exégesis crítica, la del suscrito, en la reseña “Una ficción totalizadora de Sandino”. Pues bien, Mendieta Alfaro no mitifica al héroe, como sus antecesores, ni lo exalta épicamente, ni lo remonta a la mitología precolombina. Al contrario: lo desmitifica, reduciéndolo a hombre de carne y hueso. 

En cuanto a La herencia, Francisco Arellano Oviedo se encargó de señalar: “explotación, traición, vicios, sexo, sectas religiosas, constituyen la atmósfera que respira y asfixia a la población en esta novela, elaborada con elementos de la realidad a través de un tejido simbólico. Finalmente, en Fulgor otoñal ––más compacta que las anteriores––, su autor aporta una reflexión sobre la existencia y el más allá, en el contexto de una Nicaragua provinciana, sin descuidar el humor que siempre desplegó.    

He aquí, develada sintéticamente, la pasión del escritor que fue incorporado a la Academia Nicaragüense de la Lengua como miembro honorario el 28 de abril de 2010; de un verdadero maestro de la sátira como narrador fogueado que fue, aparte de ciudadano consciente de sus deberes cívicos y leal amigo.