Lesli Nicaragua
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Esta semana, mientras escuchaba una prédica sobre el nacimiento de Jesús, recordaba los últimos tres diciembres, en los que me enfrasqué en disquisiciones sobre el origen y significado de la Navidad, con el objetivo de escribir críticos artículos que mostrasen la paganización de un hecho que no tuvo lugar en diciembre y que, a fuerza de sugestión publicitaria, se ha tergiversado al compás de farandolas, bastones, árboles coloridos y mensajes de amor y prosperidad.

Y es que la superstición no entiende de razones, ciencia o Biblia, cuando de fiesta se trata. Y digo que no entiende, porque es un hecho probado por meteorólogos que diciembre, en Israel, en la época en que nació Jesús, era un mes con borrascas de nieve y temperaturas bajo cero. Lo que hace increíble pensar que pastores anduvieran con sus ovejas bajo semejante clima buscándoles comida. Un pequeño detalle que se pasa por alto cuando se recrea el momento en que los ángeles anunciaron a esos pastores el nacimiento de Cristo.  

No se entiende tampoco que el 25 de diciembre nada importante hay. Cualquier libro de historia antigua explica que Roma celebraba el nacimiento del sol, con dos semanas de fiesta, música, regalos y árboles verdes. Pero algunos miembros de la Iglesia que vivían con los paganos decidieron cristianizar ese festival y lograron que en el 336, el emperador idólatra Constantino “declarara” el nacimiento de Cristo como una celebración oficial romana. El único que se opuso fue Juan Crisóstomo, padre de la iglesia católica de Oriente. En un sermón en el 386, en Antioquía, dijo: “Los Romanos lo han celebrado (25 de diciembre) por un largo tiempo, y de antigua tradición, y han transmitido el conocimiento de él a nosotros”. Esto evidencia que la misma Iglesia católica sabe, desde hace muchos siglos, que la Navidad nada tiene de santo ni de bíblico.

No se entiende que en 1224 Francisco de Asís comenzó lo del pesebre, cuando inició una nueva secta de adoración a María, y como el pesebre no podía estar vacío, incluyó de adorno un niño. No se entiende que el nombre proviene del latín Crhistus massa (de ahí christmas): la misa de Cristo, establecida en 1038 por la Iglesia católica.  No se entiende que Santa Claus nunca existió, este personaje de ficción es el resultado de la actividad de un obispo del siglo IV, que regaló sus posesiones a los pobres. Se llamaba Nicolás y había nacido en Turquía. Y se hizo muy famoso en Holanda, tanto, que fue importado a Estados Unidos, y de allí a todas partes.   

Entonces, si no es bíblica, ni santa ni mucho menos cristiana, ¿qué es la Navidad? No es nada. ¿Y en qué beneficiaría al cristianismo reconocerla? Si reconocemos que no es nada, pero disfrutamos nuestro amor y estar juntos, es buena la Navidad. Pero su verdadera importancia radica en que les da a los cristianos la oportunidad de llamar la atención del mundo para exaltar a Jesús. 

Y he aquí la paradoja: la Navidad es una excusa para emborracharse, festejar, tener vacaciones, gastar dinero, comer en exceso, dar y recibir regalos y… es una excusa para exaltar a Jesucristo en un mundo que en esta época, “al menos”, está en sintonía con su nombre. La Navidad está aquí y debemos vivir con ella, a pesar de que no signifique nada, así que aprovechemos la época en que Cristo es el centro y hablemos de Él con todos. Y tal vez entendamos que debemos adorarlo todo el año.  

*Periodista, catedrático y escritor  
leslinicaragua@yahoo.com

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