Jorge Eduardo Arellano
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Acabo de ver el video en donde el cordón de seguridad presidencial del comandante Ortega intenta detener a un sujeto, identificado más tarde como reportero del diario La Prensa, que por confesión propia admite que “corría hacia Trivelli para no perder sus declaraciones cuando me agredieron.” El embajador Trivelli se encontraba presente junto con el presidente Ortega cuando sucedieron los hechos.

Irónicamente, la reacción de la valla de seguridad presidencial contra el periodista de La Prensa era para proteger al embajador de los Estados Unidos, Paul Trivelli. No era el presidente quien estaba en peligro, sino Trivelli, a juzgar por la admisión del propio sujeto.

Se podrá alegar que el embajador jamás estuvo en peligro, pero dadas las circunstancias de corretear al embajador en la oscuridad, esa era la impresión que daba el reportero, quien jamás mostró su identificación de periodista, ni ningún pase de la oficina de prensa del gobierno.

Cuando en un acto público como el del incidente, se encuentra el primer mandatario de la nación, junto a personalidades extranjeras, incluyendo al diplomático Trivelli, y donde existía el agravante que era de noche, ver de repente a un individuo salir corriendo en la oscuridad, es razón más que suficiente para que la valla de seguridad presidencial reaccionara como lo hizo.

Pero los enemigos del pueblo de Nicaragua, como cuando un tiburón huele sangre en los océanos, sabían que tenían ante si el escándalo que tanto necesitan, cual cortina de humo, para aprobar su amnistía a Alemán, a Montealegre y a los narcotraficantes. Luego que la Policía siguiendo los procedimientos correctos, le pone las esposas para investigarlo, se escucha en el video la voz de un sujeto no identificado, que con tono instigador le grita al periodista de La Prensa: “Levantá las esposas, Loáisiga”, orden que repite el anónimo sujeto hasta que Loáisiga, triunfalmente, levanta las manos para mostrar ante las cámaras de televisión la supuesta barbarie sandinista.

El escándalo mediático estaba consumado. No encontrando qué pretexto poner el reportero de La Prensa, olvidando utilizar en su defensa su carnet de periodista --lo cual dice mucho de su poco profesionalismo--, sólo atinó a decir que quería entrevistar al embajador Trivelli. ¿Es que el diario La Prensa no tiene acceso directo a la embajada estadounidense en Managua? ¿Por qué tenía que ser en un acto público del gobierno de Ortega donde el sujeto de La Prensa abordaría a Trivelli? Por supuesto que ni loco iba a decir que quería entrevistar al presidente. Aludiendo al embajador le resultaba un argumento salvador de la situación en que se encontraba.

Otro factor a considerar es que dada la mentalidad de los antisandinistas, es difícil imaginar que una persona de las “fuerzas democráticas” (léase fuerzas mercenarias) iba a irse a colar a un acto del gobierno. Resulta entonces altamente sospechoso que convenientemente, aparecen dos mujeres gritando y vociferando en defensa del sujeto de La Prensa. Todo sucedió en cuestión de minutos. ¿Qué hacían estas mujeres defensoras del reportero a escasos metros de la tarima presidencial?
Para hacer las cosas más sospechosas aún, los gritos de las defensoras de las “fuerzas democráticas” se escuchan nítidamente, pero cuando una jovencita sale justificando la acción de la Policía y de los de la valla presidencial, ya la respuesta prosandinista no se escucha.

No hay que confundir libertad con libertinaje; no hay que mezclar el derecho a la libre expresión con la politiquería. El mandatario y su entorno presidencial tienen derecho a su propia seguridad. El cordón de seguridad es algo más que razonable si se toma en cuenta la campaña de odio del diario La Prensa contra el gobierno de Ortega.

¿Cómo se atreven a reclamar el más estricto apego a las leyes, si no están dispuestos a reconocer el derecho del mandatario y sus aparatos de seguridad a proteger al presidente? Han pasado elogiando a la Policía por su profesionalismo, ¿por qué ahora no reconocen el profesionalismo de la Policía, ya que su propio enviado no mostró ninguno al salir correteando, bajo las sombras de la noche, nada menos que al embajador de Estados Unidos?
Si un incidente similar hubiera sucedido en Estados Unidos, donde un periodista hubiera correteado a un dignatario a pocos metros del presidente Bush, luego de penetrar las primeras líneas de defensa, éste hubiera terminado irremediablemente en la cárcel para ser investigado y deslindar responsabilidades.

Quizá la Policía le pida disculpas al reportero, no sabemos, pero ésta fue en extremo generosa al soltar al imprudente sujeto, permitiendo que se impusiera la presión de la pandillita que lo defendía.

A juzgar por el video, el sujeto Jorge Loáisiga se buscó su propio problema. Quizá buscaba la fabricación de otro escándalo para poner al gobierno de Unidad Nacional y Reconciliación en la posición de “burro amarrado con tigre suelto”, mientras los diputados tromponeros y come huevos de paslama promulgan la libertad de ladrones, estafadores y narcotraficantes.