Adolfo Miranda Sáenz
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Nicolás de Maquiavelo ha sido incomprendido y calumniado como un genio del cinismo y la perversidad política, cuando en realidad su único pecado fue ser sincero y realista. Diplomático, funcionario, filósofo, político y escritor italiano, es el padre de la Ciencia Política moderna. Nadie puede pretender saber un poco de política si primero no ha estudiado a Maquiavelo. Su obra más importante y conocida es “El Príncipe”, un tratado de doctrina política escrito en 1513. Para entenderlo tenemos que transportarnos a la Europa del siglo XVI, cuando su natal Florencia era un principado independiente, como muchos pequeños Estados europeos, y la Iglesia vivía su época más oscura, espiritualmente, y más terrible desde el punto de vista humano, con papas corruptos ostentando gran poderío militar, económico y político, como el papa Alejandro VI, Rodrigo de Borgia, cuyo hijo, César Borgia, fue uno de los poderosos sanguinarios más importantes de entonces.

Maquiavelo recoge enseñanzas aprendidas de las acciones, triunfos y fracasos de importantes personajes de su época, como Caterina Sforza, señora de Imola y condesa de Forlì, quien con valentía enfrentó a dos poderosos: César Borgia, primero, y Lorenzo de Médici, después.  De su conducta y suerte, Maquiavelo extrajo la enseñanza: “es mejor ganar la confianza de la gente que confiar en la fuerza”. Es un concepto muy importante para aquellos que quieran detentar el poder. Del rey de Francia Luis XII extrae los cinco errores capitales del poder, que constituyen la parte medular de su obra. Aprendió mucho observando a diferentes personajes de su tiempo, como el papa Julio II, el emperador Maximiliano I de Alemania y Fernando de Aragón.   

Por lo que vio, concluyó que: “Los hombres son míseros, más aficionados a los bienes que a su propia sangre…” Es decir, no hay bondad o maldad, sino intereses, dinero y propiedades. Afirma que los seres humanos lloran más fácil la pérdida de sus bienes que la muerte de sus padres. Dice que el pueblo es débil, inconsciente y voluble. Para convencerlo, se usan las palabras que compren sus simpatías, pero cuando estas no funcionan, la fuerza es la mejor forma de someterlos. Plantea que los hombres y las mujeres se han convertido en seres diestros en el arte del engaño, y recomendaba al Príncipe que, más que tener virtudes, debe aparentar tenerlas. Fiel a su convicción de que solo existen los intereses, Maquiavelo dice: “en las acciones de todos los hombres, pero especialmente en las de los príncipes, se considera simplemente el fin que ellos persiguen. Dedíquese, pues, el príncipe a superar siempre las dificultades y a conservar su Estado. Si sale con acierto, se tendrán por honrosos siempre los medios empleados, alabándoles en todas partes: el vulgo se deja siempre cautivar por las apariencias…”. 

El planteamiento tan crudo que expone Maquiavelo en “El Príncipe” es duro de asimilar: el hombre solo guarda un número infinito de intereses; en el caso de los gobernantes el deseo de poder, dominio y riqueza son sus únicas pasiones y motores vitales. Maquiavelo expone la lógica para que el príncipe pueda mantenerse en el poder, envolviendo al pueblo con artimañas para seducirlo, ofreciéndole pequeñas gratificaciones cotidianas. Eso es lo que él vio que daba resultado. Maquiavelo no dice que sea bueno; solo dice que es real. Dos siglos después (siglo XVIII) Charles-Louis de Montesquieu, en “El Espíritu de las Leyes”, coincidiendo con la afirmación de Jean-Jaques Rousseau de que el hombre “es bueno por naturaleza”, aunque las circunstancias lo perviertan, confía en la capacidad humana para procurar el bien y el buen gobierno. Promueve la separación de poderes: ejecutivo, legislativo y judicial; hoy, un pilar irrenunciable del liberalismo democrático. Sin embargo, no olvidemos la realidad descrita por Maquiavelo y lo que de verdadero tenga. Es importante tenerlo presente para los que gobiernan como para quienes pretenden lograr sustituirlos. Sin negar a Montesquieu y a Rousseau, olvidarse de Maquiavelo es un error de ilusos. Los buenos ideales no excluyen usar estrategias basadas en el realismo. 

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com

 

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