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La Muerte es de la Vida la inseparable hermana. 

La Muerte es la victoria de la progenie humana.

Los mismos dioses buscan la dulce paz que vierte. 

La pena de los dioses es no alcanzar la Muerte.

(Versos del poema Coloquio de los Centauros, de Rubén Darío)

Este es mi homenaje y reconocimiento a mi padre, el Dr. Julián Bendaña Silva, quien falleció el 29 de diciembre de 2017, a pocos días de cumplir noventa y ocho años. Él fue uno de los abogados pioneros  en el desarrollo del derecho de propiedad industrial en Nicaragua. 

Durante más de diez años se desempeñó en el cargo de Comisionado de Patentes —actual registrador de la Propiedad Intelectual—. Una vez que lo hubo dejado, se asoció al bufete legal del Dr. Vicente Navas Arana, quien había sido su profesor de Derecho Civil en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), en la década de los cuarenta, del siglo pasado. Después del terremoto de 1972, fundó la firma legal Bendaña & Bendaña. El Dr. Félix Esteban Guandique, uno de los grandes abogados de nuestro país, le confiaba los asuntos de propiedad industrial (marcas y patentes) de sus clientes. 

Comencé mi pasantía, a los 18 años, en el bufete del Dr. Navas Arana, bajo la dirección de mi papá, quien me capacitó para el ejercicio de la carrera de abogado, no solo desde el punto de vista técnico, sino también ético, con su ejemplo de responsabilidad, cumplimiento y lealtad para con los clientes. Él me aconsejó seguir los preceptos fundamentales del derecho romano: 1) Vivir honestamente. 2) No dañar a nadie y 3) Dar a cada quien lo que le pertenece. Con él estudié los mandamientos del abogado, que explica Eduardo Couture. Estudia siempre —me decía— porque el abogado que no estudia, cada día es menos abogado.

Cuando, a los treinta años, yo ejercía el cargo de juez Tercero Civil de Distrito de Managua, durante la celebración de un matrimonio, me encontré con un connotado abogado, de unos ochenta años. Le pregunté si siempre estudiaba. Me respondió que no. Que vivía de sus recuerdos. Un economista que había oído la conversación, comentó poco después: “Escuché la conversación entre el abogado joven y estudioso y el abogado viejo y ya cansado de los libros.” Esta anécdota revela cómo los consejos de mi papá calaron en mí, pues he estudiado durante toda mi vida.

Uno de los casos más interesantes que le tocó patrocinar como abogado fue el que versó entre la compañía alemana Bayer y el guatemalteco Joaquín Bayer Santacoloma. En esa época estaba vigente la Ley de Marcas de 1907, que disponía que las oposiciones se ventilaran en la vía judicial. 

Bayer Santacoloma solicitó el registro de la marca Bayer para proteger bebidas refrescantes, aprovechándose de que la citada  compañía alemana no tenía registrada su marca para proteger tales productos y, así, explotar el prestigio ajeno. Un argumento importante —además de la confusión que se produciría entre los consumidores sobre el origen de las bebidas— era la notoriedad de la marca Bayer. Sin embargo, la citada ley no la contemplaba, ni nuestro país se había adherido al Convenio de París para la Protección de la Propiedad Industrial, que la reconocía desde el año 1883. Por tal motivo, el caso parecía extremadamente difícil.  Pero el Dr. Ildefonso Palma Martínez, juez  Primero Civil de Distrito de Managua, que conoció de la causa, era sumamente estudioso, dictó la sentencia a las 11:00 a.m. del 11 de agosto de 1971, declarando con lugar la demanda de la compañía Bayer. Fue esta la primera sentencia dictada en Nicaragua, sobre la marca notoria. El abogado de Bayer Santacoloma apeló, pero se declaró la dese
rción del recurso. 

En el Congreso de Asipi (Asociación Interamericana de Propiedad Intelectual) de 1984, el Dr. Oscar Etcheverry, abogado especialista en esta disciplina, presentó el trabajo titulado: “La protección de la marca notoria en América”. Para tal fin solicitó ayuda a colegas de cada uno de los países. Un señor, que no era abogado, dueño de una oficina dedicada a la propiedad industrial, a quien le suministré la sentencia referida en el párrafo que antecede, fue quien le proporcionó la información de Nicaragua. Sin embargo, el abogado que le llevaba los casos no la tomó en cuenta. En cambio, le indicó que enviara al Dr. Oscar Etcheverry una sentencia de la Corte Suprema sobre la adquisición de una marca, a través de su primer uso, que era el sistema que seguía la Ley de Marcas de 1907, cuando fue dictada.

Sobrevive a mi papá, mi mamá, doña Ester Guerrero de Bendaña. Ambos, desde hace años, han estado bajo el cariñoso y esmerado cuido de mi hermana María José y sus hijos, así como de la atenta asistencia de sus demás hijos, especialmente mis hermanos Ricardo y Julián.

*El autor es abogado y notario. Catedrático de Derecho de Propiedad Intelectual.

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