Jorge Isaac Bautista Lara
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Para la juventud, la “modernidad” es la palabra de filo que asegura penetración, palabra sacrosanta, que se ha transformado y colocado en la punta de lanza cada vez que se desea introducir algo en la sociedad, por ser una palabra que evita el cuestionamiento. Resultando el lubricante “perfecto”. Suficiente “argumento” para hacer que los jóvenes se lo traguen sin análisis de digestión o valoración.

El ropaje es otro elemento importante de ese vocabulario subliminal para endosar y dar aderezo a la “pastilla” en la palabra “moda”; de manera que cuando algo es de la modernidad y de moda, el que se opone u objeta, cuestiona o revaloriza los contenidos, objetivos perseguidos y efectos que se quiere hacer circular en la población juvenil cae en el abismo de la palabra “viejo”, es decir “vejestorio”. Y no existe nada más polarizado en esta dinámica de lo moderno a como es lo viejo.

Con esas 3 palabras se crucifica cualquier detente de lo nuevo que nos llega y nos lleva quien sabe qué abismo de la deformación, daño físico y síquico, muerte en muchos casos; o a qué infierno de vida futura de las generaciones. Son precisamente las personas de mayor edad, que han vivido “tantas modernidades” y presenciado los resultados de esas “modas”, los más calificados para darnos el punto de vista sereno, paciente y de escrutinio de lo que se presenta con ropajes de novedad, para hacer la digestión más selectiva; y precisamente como se sabe que eso sería lo que pasaría como resultado si la niñez y jóvenes tuvieren más contacto e intercambio de ideas con sus padres y abuelos; prefieren castrar el vínculo. Por eso resulta “vital” el evaporar los eslabones entre juventud y vejez. Para hacer presa fácil a las nuevas generaciones.

Esta lectura está presente en los que dirigen las tendencias actuales, de manera que han reforzado la individualidad (en la deformación del individualismo), narcisismo, hedonismo, consumismo, los derechos personales (decidir por mí mismo), mi espacio personal, mi verdad… Cuando en la verdad la vida se desarrolla en una dinámica de enredos y problemas en sumatoria de malos entendidos; que solo pueden ser detectados, desanudados y resueltos o desactivados, por aquellos que tienen la experiencia de vida para detectarlos, reconocerlos a tiempo y en tiempo antes que alcancen dimensiones y dinámicas destructivas.

¿Cuántos matrimonios se podrían salvar si esto fuera posible? ¿Cuántos malos entendidos se podrían desactivar, o preverse desde su nacimiento? Esta dinámica de los distanciamientos de una generación que está de salida y otra de entrada, se ha venido estilizando en esta globalización de la vida, y en ella se aumenta; drogadicción, alcoholismo, divorcios, hijos abandonados... Este año debemos tener como meta la programación de los acercamientos y regreso a las fuentes antiguas, a las conexiones entre padres e hijos, entre abuelos.

Una que posibilite puentes y cuerdas de amarre; que acerquen y dinamicen las conversaciones de las generaciones salientes con las generaciones entrantes. Porque, ¿cómo desciframos estos tiempos? ¿Cómo desciframos las palabras que hoy se manipulan tanto? ¿Cómo saber qué es lo verdaderamente cambiante y permanente en la vida? ¿Cuáles son los verdaderos valores que dan permanencia, rectitud y tranquilidad de vida y unidad de familia? ¿Cuáles son lo objetos útiles y cuales los que nos generan problema por su exceso? ¿En qué radica la verdadera felicidad cuando la juventud termina? ¿Qué nos hace sentir satisfechos al final de ella? El mundo de hoy no es de incertidumbres, sino de creaciones maliciosas de incertidumbres.

Un mundo donde la onda expansiva de la novedad oculta entre telones lo que está detrás. El exceso de entusiasmo nos duerme la razón, y las razones que nos llevan a pensar y analizar. El primer consejo de un abuelo es decirnos cómo llegar a viejos: decirnos qué les resultó bien, qué no les resultó bien; en qué se triunfó y en qué se fracasó; en qué se sobreactuó, y en qué les faltó actuar para resolver. De manera que triunfos y fracasos con sus claros y oscuros deben darse a la siguiente generación, servidos en dosis de pedagogía familiar; con amor educativo.

Transmitir la forma de ver y analizar la vida. A los viejos no les corresponde el cambio, sino la memoria histórica, a los jóvenes no les ha correspondido la memoria histórica sino la energía que requiere hacer los cambios. Cortar el lazo es tirar la nave a las aguas bravas del mar. Las vidas de nuestros hijos y nietos requieren para  este año asesores gratis y de tiempo completo para la brújula de la vida. Personas que los guíen con amor de vida y fe.