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Con mucho entusiasmo compilé, antes de concluir 2017, la obra En mis manos no se marchita la belleza: una selección de la crítica suscitada por la poesía de Francisco de Asís Fernández, el más trascendente poeta de la Generación del 60 en Nicaragua y, entre sus homólogos vivos, uno de los mayores de nuestra América. 

En su patria, Fernández es conocido y reconocido popularmente como Chichí. O sea: con un hipocorístico de origen náhuatl remontado a su niñez en Granada, ciudad a la que profesa un amor inconmensurable. Sin duda, este amor lo heredó de su padre Enrique Fernández Morales y de su madre Rosa Victoria Arellano Arana; amor que le otorgó el profundo significado de pertenecer a nuestra aldea señorial, a su geografía e historia. “Yo amo la poesía de adobes, tejas y taquezal, de arroyos, de Lago y de Mombacho”.

Tal amor explica la más brillante iniciativa de su vida: convocar —y mantener su liderazgo con inusitado éxito— el Festival Internacional de Poesía de Granada que desde 2005 ha convertido a nuestra ciudad —durante una semana de febrero— en la capital de la poesía del mundo. Con ello se ha proyectado una imagen positiva del país que no se le debe solo a Francisco, sino a un esfuerzo conjunto de gobierno, empresa privada, sociedad civil y amigos que lo secundan y se comprometen con la promoción cultural y el desarrollo turístico. Todos aglutinados por él. 

Pero su mérito principal corresponde a la obra en verso que se ha acreditado a lo largo de casi cinco décadas, pues su poemario inicial (A principio de cuentas) data de 1968 y fue valorado por dos autoridades literarias de la época: el argentino Rafael Squirru y el puertorriqueño José Emilio González. Pero sus reseñas no fue posible recuperarlas. Por tanto, no figuran en el libro citado como otras tantas por limitaciones de espacio. En síntesis, su obra lúcida y persistente ha tenido de sujeto a un yo, capaz de ejercer —con una energía controlada— una pasión poética: la única prueba justificadora de su existencia. “El que carece de pasión carece de razón”, decía el ensayista español José Bergamín, aunque pueda tener razones, es decir, intereses profanos o prosaicos. Y si de esos intereses Chichí —como El Buscón de Quevedo— ha sido aspirante como todo hombre menesteroso de ensueños y gloria, lo que ha predominado en su talante es su talento. Mejor dicho: la intuición e inteligencia, el optimismo y la gracia ju
veniles de su inevitable creación poética. 

“La obra de uno —ha reflexionado— es una sola. Y uno siempre la está escribiendo; construirla es como escribir una extensa autobiografía, en la que uno se va reconociendo y desconociendo. Existen poemas asaltantes y poemas asaltados; es decir: aquellos que lo asaltan a uno y los que son asaltados por uno mismo. Yo estoy muy ligado a la intensidad poética, así como soy muy proclive a la intensidad del amor. Como este, la poesía es el banquete de los sentidos. No solo es producto de la imaginación, sino también de la madurez de pensamiento y de la plenitud creadora”.

Así podrá apreciarse en esas páginas nutridas de cariño y escritas por maestros entrañables, como su padre y Ernesto Mejía Sánchez; notorios bardos de la lengua, compañeros generacionales y amigos. Entre otros, los españoles Antonio Gamoneda, José Luis Reina Palazón, Juan Carlos Abril, Juan Carlos Mestre y León de la Torre Krais; el chileno Raúl Zurita y la brasileña Renata Bomfim; el cubano Víctor Rodríguez Núñez y el costarricense José María Zonta; los mexicanos Marco Antonio Campos y José Luis Cervera, más dieciséis nicaragüenses. Me refiero a Jaime Morales Carazo y Mauricio Herdocia Sacasa, Carlos Alemán Ocampo y Noel Rivas Bravo, Edwin Yllescas Salinas y Fanor Téllez, Anastasio Lovo y Álvaro Gutiérrez, Álvaro Urtecho y Julio Valle-Castillo, Franklin Caldera y Gilberto Lacayo Bermúdez, Erick Aguirre y Nicasio Urbina, Francisco Arellano Oviedo y el suscrito, hermano bandolero de 1962 a 1964 y cómplice de la sangre. Cuatro mujeres poetas también se sumaron: la española María Ángeles Pérez López y las nicas 
Gioconda Belli, Blanca Castellón y María Augusta Montealegre.

Finalmente agradezco a la Academia Nicaragüense de la Lengua la designación de elaborar esta antología celebratoria y —por su auxilio documental— a la también poeta, ángel de la guarda y alter ego de Chichí: Gloria Gabuardi.