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Recuerdo mi primer encuentro amoroso con un libro. Tenía diez años y había decidido enfermarme, no para no ir a la escuela, cuya maestra, quizá por ser mi tía, dejaba que yo hiciera cuanto me venía en gana, sino por la irresistible necesidad de ser el centro de atenciones en una jungla de cinco hijos, en donde todos amenazaban mis derechos de progenitura. Recuerdo que puse una cara lánguida con ojos de cordero destetado, como, a mi entender, debía de tener la gente enferma y hasta diagnostiqué mi enfermedad: hepatitis. Mi madre, que era muy lista, aunque un poco despistada, llamó al médico, su compadre, quien resultó más despistado que ella porque, asombrosamente, me dio la razón: tenía hepatitis, y recomendó una infantería de remedios que milagrosamente crearon una enfermedad que, lo juro, en sus inicios fue solo imaginación. Inmovilizada como estaba por la sorpresiva hepatitis, alejada de las atenciones de la corte familiar porque mi contabilidad no había registrado  que la enfermedad era contagiosa, yo no hacía más que dar vueltas en la cama, renegando de mi mala estrella y comprobando asombrada –quizá fui una adelantada del movimiento mente-cuerpo- de cómo la mente enfermaba de verdad a mi organismo.

Había un objeto oscuro cerca del velador, un libro de tapas negras, cuyas letras góticas anunciaban un título revelador para mi infractora y desbordada imaginación: “Las mil y una noches”, recuerdo que lo cogí por la mañana cuando la hepatitis había reducido mis anhelos a una impúdica y espesa compasión por mí misma y, entre lágrimas, lo leí de un tirón. Cuando terminé, tenía una intensa fiebre, no sé si por la enfermedad o por la sobredosis de relatos. Tampoco sabía si era Sheznarda o era Aminta, o las dos al mismo tiempo. Solo la presencia de la tía, con el ladrillazo del catecismo, consiguió que aterrizara de la ficción, en donde volaba en alfombras voladoras y navegaba con Simbad el Marino, a la realidad tan extraña de una enfermedad inventada que se volvió real. Lo cierto es que allí fue cuando descubrí que, cuando un buen libro te agarra, no hay quién te salve y tu destino queda marcado: te conviertes en un promiscuo lector que mete sus narices en cualquier libro, aunque a veces hay unos que son como imán de tan intensos y otros tan aburridos que actúan como soporíferos, haciéndote caer redondo a la cama. Aunque la verdad, como decía mi mamá, todo libro es valioso.

Lo cierto es que la lectura es peor que la hepatitis, es una droga que provoca adicción, envicia, no tiene cura, te persigue hasta en los momentos más personales en que solo cabe tu conciencia y la toilette. No sé qué íntima conexión hay entre el libro y el baño, porque hay siempre la compulsión de leer en esos instantes privados en que somos auténticamente nosotros; ni qué vinculación tan estrecha tiene con la cama, en donde se gozan los mejores libros. Pero lo cierto es que la lectura es el único placer que no produce embarazo; por eso al conocer sobre algunas campañas de lecturas, de ver cómo profesores y padres procuran estimular el amor a los libros en sus hijos, no pude menos que recordar los inicios de esta vieja enfermedad y desear, ansiosamente, que haya mucha, pero mucha gente infecto-contagiada.

* La autora es escritora y embajadora del Ecuador. Su último libro publicado es Con (textos) fugaces.)