Augusto Zamora R.*
  •   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

En 2017 se produjeron catástrofes naturales de tal magnitud, que dejaron daños por 350,000 millones de dólares, superior al PIB total de Centroamérica ese mismo año.

Fue uno de los años más calamitosos en décadas. Peor aún, científicos avisan que 2018 será similar en catástrofes, resultado, muchas de ellas, de fenómenos terrestres. Las demás, vinculadas al cambio climático provocado por nosotros.

Muchas de esas catástrofes ocurren en países pobres, incapaces, por sí mismos (véase Haití), de recuperar lo destruido y restablecer la normalidad triturada por el desastre.

Aunque hay unos países más responsables que otros en la destrucción del planeta (EE. UU., China, varios europeos), ninguno resulta inocente en el crimen colectivo.

Centroamérica, zona milenaria de huracanes, fue pionera en deforestación y destrucción de cuencas. Hoy, buena parte de sus bosques y ríos son reminiscencia histórica.

La natalidad irresponsable devora la economía. Nunca hay recursos suficientes para iniciar espirales de desarrollo, pues cada nueva boca presiona la depredación de recursos. Al final, es como plaga de zompopos sobre campos de maíz.

Centroamérica necesita perentoriamente protegerse. La única forma que tiene a su alcance es reforestar masivamente y recuperar sus masas boscosas y recursos hídricos.

El cambio climático provocará períodos espantosos de sequía o inviernos de lluvias torrenciales con aumento de huracanes. Para las sequías será imprescindible disponer de recursos hídricos abundantes. Para las lluvias, de bosques extensos que protejan.

A tiempo estamos (todavía). Otra cosa es entender el problema. Feliz 2018.

az.sinveniacuento@gmail.com