Jorge Eduardo Arellano
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No sé si aún los políticos se ocupan de Matagalpa, pero después de la crecida del río el pasado 4 de octubre, estuvieron activos atendiendo la catástrofe, muy preocupados por publicitarse sensibles y eficientes, en dura lucha por liderazgo.

El río volvió a su cauce y dejó tras su corriente: seis muertos, 20 casas desbaratadas, 250 con daños en su estructura y 567 anegadas, tres puentes peatonales destruidos y seis socavados, y cerca de una decena de vehículos arrastrados.

La opinión general es que no existe ley de urbanismo, el derribo del bosque ha sido atroz, y la ciudad está condenada a perecer anegada por los cerros que la circundan.

Durante la visita que hice a la ciudad, algunas personas me relataron pormenores del escenario en el cual estuvieron los políticos en primer lugar, en segundo plano los damnificados.

El presidente Daniel Ortega llegó, y “de pura casualidad en el momento en que él está reunido con periodistas en sesión pública, le llama el presidente Hugo Chávez, Ortega coloca el celular en el micrófono y el auditorio escucha al venezolano prometiendo ayuda”.

El cortejo presidencial aplaude la benevolencia de Chávez, y otros se burlan de la coincidencia, del espectáculo organizado por expertos en imagen que rodean al presidente, a la cabeza del cual se encuentra la copresidenta Rosario Murillo.

Por supuesto, el matrimonio presidencial durante el recorrido estuvo acompañado de un grupo que cargaba cámaras de videos y de fotografías, micrófonos, grabadoras, libretas, y de quienes siempre quieren que los vean muy cerca de la pareja.

El diputado por Matagalpa del Partido Liberal Constitucionalista y jefe de bancada parlamentaria, Maximino Rodríguez, se presentó al pueblo con una comitiva “para verificar la tragedia y ayudar a los hermanos”. Logró que la noticia fuese su presencia.

Los gobernantes locales aprovechan para estar en primera línea. Se forman varias camarillas de liderazgo, preparándose para superiores cargos públicos unos, y otros proyectándose para la campaña electoral municipal de 2008. La caravana de vehículos con sirenas anuncia el paso de la procesión que lleva paquetes a los damnificados. Todos giran alrededor del líder o la líder sensible y dadivosa ante la tragedia de “sus hermanas y hermanos matagalpinos”. Los pobres se aglomeran pidiendo, clamando, restregando la miseria mayor en la cual los dejó el río.

Otros, oportunamente bajan de los cerros, con sacos al hombro, cual cortadores de café, a inscribirse como damnificados, algunos luego van al mercado Guanuca a obtener dinero vendiendo las donaciones.

Los clarividentes advierten el colapso de la cordillera Apante, como lo dijeron indígenas científicos: los cerros están llenos de agua.

Las autoridades municipales, en la mayoría de los casos, muestran preferencias con los hacendados que destruyeron y destruyen los bosques, represan y contaminan las aguas, queman los suelos. Son de la misma familia, amigos entrañables o socios políticos y económicos.

Uno de los principales depredadores, Roberto Rivas, presidente magistrado electoral, ha sido acusado infinitas veces por habitantes del municipio San Ramón, sin llegar a los tribunales.

El alcalde, Gonzalo Navarro, se declaró alarmado porque una tragedia similar no había visto en sus 77 años de vida. Otras personas mayores que él, aseguran que “en otros tiempos hubo crecida del río en su cauce natural”, el mismo por donde ahora arrasó las construcciones.

Se lucieron los políticos.

*Centro de comunicaciones y estudios sociales (Cesos)
Managua y Matagalpa, Nicaragua.

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