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Para nadie es un secreto los estragos que está causando a nivel mundial la crisis financiera internacional. Los centros financieros mundiales ven desplomarse sus bolsas, los bancos paralizan sus operaciones por falta de liquidez y menor captación de recursos, se reportan enormes bajas en la productividad, grandes firmas cierran sus plantas aumentando las tasas de desempleo. La oferta y demanda confluyen en un mecanismo cada día menos dinamizado, producto de esta catástrofe.

Una parte del origen de esta crisis internacional, puede ser atribuible al sistema bancario en sí. Este último, de manera general, puede ser definido como el conjunto de bancos o entidades similares que reciben depósitos del público y utilizan ese dinero para otorgar créditos. También se designa con él término genérico de banca. Sería imposible imaginar el desarrollo de la economía moderna sin la presencia de la banca, lo mismo en el sistema capitalista que en el sistema socialista.

Los bancos son un elemento clave del sistema financiero, y son ellos los que se encargan de aceptar depósitos y otorgar créditos, de manejar la mayor parte del ahorro de las familias, de las personas naturales y jurídicas. Un sistema financiero se juzga por su capacidad de hacer llegar la liquidez justa donde y cuando es necesaria.

La confianza de los ahorrantes y de los depositantes es fundamental para la estabilidad de los bancos en particular y para el sistema en general. No obstante, la vigilancia bancaria tiene que ser estricta, especialmente en las economías más débiles, como Nicaragua, para evitar que los banqueros utilicen el dinero del público para enriquecerse ilegalmente.

La vigilancia estatal sobre la banca se ha convertido en una cuestión de orden público que reviste vital importancia. Incluso la bancarrota, es decir, la suspensión de pagos forzada por la insolvencia de una entidad crediticia, tiene tan graves implicaciones para los intereses de los depositantes y para la estabilidad del propio sistema financiero, que la supervisión del Estado es una indispensable garantía de seriedad y solvencia.

Las burbujas en el campo del crédito, con las cuales hemos vivido irresponsablemente en estos últimos años, han comenzado a reventarse una por una, reflejándose especialmente en las quiebras bancarias de diferentes grados de severidad. La última de las burbujas fue el Sistema de Hipotecas. La responsabilidad de los que están obligados a vigilar para proteger el sistema es evidente. La crisis se volvió política y los países afectados, no han podido recuperarse hasta hoy.

El poder económico y político ostentado por los bancos internacionales o globalizados ha sido más que evidente. La abusiva influencia de la banca privada sobre los mandos del Estado ha conducido a la bancocracia; que se refiere al influjo que la banca privada, y los sectores financieros ligados a ella ejercen sobre el poder político en beneficio de sus propios intereses.

Desde el punto de vista macroeconómico, la política crediticia del gobierno es un importante instrumento de conducción económica. A través de la fijación del tipo de interés, de la regulación cuantitativa y cualitativa del crédito, del señalamiento del porcentaje del encaje bancario, de la realización de descuentos y redescuentos y del uso de otros mecanismos, el gobierno puede expandir o contraer el crédito para orientar el proceso económico.

El crédito es un acto de confianza, y cuando los cuentahabientes y los ahorrantes pierden la confianza, se produce la crisis. Está demostrado, que los mercados se mueven de una forma aleatoria y en ello no está en sí la racionalidad humana. Los clásicos creían que los mercados se movían de forma racional. La racionalidad de los mercados es la excepción y no la regla, tanto la racionalidad como la emotividad conviven en el estado de ánimo del ser humano, lo cual también influencia la conducta económica.

El Gobierno estadounidense ha fallado en su control regulador y vigilante del sistema bancario, cerrando los ojos a las irregularidades cometidas por los banqueros, que responsablemente han inflado las burbujas de crédito, sin olvidar que la crisis de 1929, casi dio al traste con el sistema capitalista, fue el resultado del poder omnímodo que la sociedad había otorgado a la iniciativa privada en el campo de la economía y las finanzas, especialmente en los bancos en donde se especulaba alegremente sin control alguno.

Los gobiernos de países ricos y poderosos, han externado su preocupación frente a este fenómeno y comienzan a tomar medidas serias con el propósito de minimizar en lo posible los efectos de la misma. Estados Unidos aprobó recientemente un plan de estímulo económico buscando inyectar dinero a su debilitada economía, en Europa se dispusieron fondos multimillonarios para los bancos con el fin de evitar el colapso del sistema financiero.

Las causas de este oscuro lapso económico resultan de una cadena interminable de variables exógenas a nuestro entorno, pero que implícita y lamentablemente nos repercuten por efecto. En los países subdesarrollados repercuten negativamente; los analistas, advierten severas afectaciones macroeconómicas en el corto plazo. Algunos países del tercer mundo, entre ellos el nuestro, deben de tomar en cuenta el pequeño y frágil mercado.

Cada sociedad, cada empresa, cada familia y cada individuo deben desarrollar sus propias estrategias para superar la primera crisis global que se inició como emergencia financiera, atacó las economías reales y ahora es una espiral que destruye empleos y carcome la calidad de los que no ha destruido aún. La respuesta a esta situación no puede ser meramente defensiva u orientada sólo a contener sus efectos. Menos aún en los países en desarrollo y aún menos en los países latinoamericanos.


*Jurista, Politólogo y Diplomático