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Darío despertó su inquietud poética e inició el cultivo de su genialidad en León y Managua, en la  niñez y adolescencia, desde el entorno social, cultural y político de la época, sin embargo, el impacto de su obra no hubiera ocurrido si, a pesar del empuje emprendedor que visualizó y asumió temprano para alcanzar su propósito –sin detenerse por el costo personal-, no encontrara como emigrante apoyo y otros aprendizajes en los ocho países que lo acogieron, los que fueron determinantes para el éxito de su carrera innovadora del verso y la prosa de fines del siglo XIX. Vivió fuera del país 70% del tiempo de su existencia.

Surgió como “suceso-personaje”, raro e impredecible, típico “cisne negro”; impuso una estética, escuela o movimiento de trascendencia, cuyo recorrido personal y resultados siguen siendo, más de un siglo después, objeto de discusión y estudio, sin que puedan obviarlo. Muchos críticos se extinguieron frente al tiempo y la insignificancia, los recordamos solo por las referencias que hicieron sobre Darío.

Obligado a salir de su tierra natal por la necesidad de expandir su creatividad, fue un extranjero, sin perturbarse por ello, sin dinero ni título académico, con esperanza de encontrar personas y espacios favorables, confió que podía lograrlo. 

En primer lugar, reconocemos el papel precursor de El Salvador: “no hay Modernismo sin El Salvador”, allí aprendió de Gavidia y fue empujado por Juan J. Cañas. Dos presidentes lo recibieron: Zaldívar y Menéndez. Contrajo matrimonio civil con Rafaela Contreras,  precursora modernista en Centroamérica. El segundo país fue Chile, de donde vino “Azul…”; como amigo de Pedro Balmaceda, hijo del presidente, tuvo contacto con importantes esferas sociales, pudo resolver en la abundancia, su subsistencia que siempre fue frágil. En tercer lugar Guatemala, lo recibió tras el golpe de Estado en San Salvador; se casó por la Iglesia, publicó la 2da. edición de “Azul…”; recibió hospitalidad (1915) como huésped de Estrada Cabrera, de quien dijo: “me prolongó mi existencia”. Cuarto, Costa Rica, llegó a La Prensa Libre en busca de trabajo, después del cierre del Diario de la Tarde (Guatemala). Nació su primogénito, de aquí era su suegra y primera esposa. En El Heraldo, -recuerda Teodoro Picado-, publicó “¿Dónde estás?”, primer referencia al cisne blanco, símbolo modernista.

Quinto, Colombia y Panamá (parte de Colombia), pasó siete veces por el istmo; lo más importante fue que Colombia, gracias al expresidente Núñez, lo asignó al primer puesto relevante que le permitió acceder a uno de los escenarios claves de la cultura latinoamericana: cónsul en Buenos Aires. En sexto lugar, Argentina. “Sin Argentina no hay Modernismo”. Darío la reconoció como segunda patria, agradeció a Mitre y a La Nación, que le aseguró el único ingreso económico fijo durante más de veinte años, publicando multitud de crónicas; lo recibieron “mejor que en casa”.  

Séptimo, España, después de su primera visita (1892), parte de la delegación oficial en el IV Centenario del Descubrimiento de América, fue Ministro de Nicaragua. Estuvo en Madrid, Barcelona y Palma de Mallorca;  conoció a Francisca Sánchez: “lazarillo de Dios en mi sendero”, nació su segundo hijo. Nilo Fabra escribió (1916): “amaba a España con toda su alma, su entusiasmo de poeta, sus amores de hombre, sus ilusiones…”.   Finalmente, en Francia, de Víctor Hugo y Verlaine, acogido a pesar de las exclusiones de la sociedad parisiense, deslumbrado por la “Ciudad de las Luces”, dirigió las revistas Mundial y Elegancias; en el Barrio Latino, entre la bohemia intelectual, reconoce: “he gozado la vida intensamente”. 

Emigró por oportunidades para su visión emprendedora, para no ahogarse en el espacio de origen en el que no cabían sus sueños. En los países que lo acogieron descubrió, a pesar de desalientos, nuevos horizontes, venció la dificultad de ser extranjero. ¿Qué hubiera ocurrido si las puertas de El Salvador, Argentina, Chile y España se cerraran? No olvidemos: el más universal nicaragüense fue posible gracias a que ocho países le abrieron sus fronteras y muchas personas le brindaron, por caridad o solidaridad, apoyo. El papa Francisco dice sobre los inmigrantes de antes y ahora: “nuestra respuesta común se podría articular en torno a cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar” (2017). Darío fue beneficiado por quienes lo acogieron, ello le permitió imponerse en la literatura española. 


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