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Eduardo Zepeda-Henríquez (Granada, 6 de marzo, 1930) recibió en Madrid —donde reside desde enero de 1973— el diploma Orgullo de mi país, otorgado por nuestro gobierno. He aquí su trayectoria resumida por él mismo que tengo el gusto de transcribir con alguna información adicional entre corchetes.

“De mi abuelo materno heredé el nombre y la heroica estatura; pero no el arte de la guitarra, paradójicamente por afición; ni la magia del buen conversador. Vi la luz en la calle Atravesada de la Granada nicaragüense y allí me eduqué con los jesuitas. A los cuatro años, sentado en el santo suelo, escuchaba atentamente el piano de mi madre, en el que ella interpretaba piezas clásicas.

A los veinte años recibí el Premio Nacional de Poesía Rubén Darío y la Violeta de Oro de los Juegos Florales convocados por la guardia de honor de Darío, así como la Medalla Municipal de la ciudad de Chinandega. También en Nicaragua fui nombrado Académico de la Lengua (se incorporó el 7 de julio de 1963) y en España Correspondiente de las Reales Academias Española y de la Historia.

Contraje matrimonio en los Jerónimos con la madrileña Concepción Aguilar, boda que apadrinaron la madre de ella, doña Dolores y el embajador Vega Bolaños. Fueron testigos míos el rector Pérez Bustamante, de la Universidad de la Montaña; Dámaso Alonso, Aleixandre y Coronel Urtecho; Souvirón, Panero, Rosales; García Nieto, Morales y Montesinos. De nuestra unión viven dos hijas: Enriqueta y Esperanza, cada una un encanto a su manera.

Ocho años residí en Chile y en España; viajé por media Europa y por las dos Américas. Visité el Portugal materno, la elegancia de Francia, la Italia sacra y sabia. Y la gracia de Grecia. Dicté conferencias en varias ciudades: en Nueva York, a los universitarios de Columbia; en Madrid, en la Complutense y en Chile, en la facultad de Derecho, en la cátedra del doctor Hübner. Colaboré en la tercera página del diario ABC de Madrid.

Agradezco a mi país que me nombró bibliotecario nacional y director general de Cultura; profesor en la UNAN y catedrático en la Universidad Centroamericana. España me otorgó tres premios de poesía: el José María Cantilo, del Colegio Mayor Guadalupe, patrocinado por Cultura Hispánica, de Madrid, por una selección de poemas, entonces inéditos; el Juan Boscán, de Barcelona, concedido a mi libro A mano alzada (1a edición del Instituto de Estudios Hispánicos, 1964 y 2a edición de Plaza & Janés, 1970); y el Ángaro, de Sevilla, por mi poemario Horizonte que nunca cicatriza, publicado en la colección del mismo nombre, en 1988.

En 1967, año del centenario del nacimiento de nuestro gran poeta, se me concedió el grado de Comendador de la Orden de Rubén Darío. Al año siguiente me llegó de España la Encomienda de la Orden de Isabel La Católica. En 1972 se produjo un verdadero caos en mi país desatado por el terremoto de Managua, que dejó miles de muertos y una Nicaragua hundida. Unos días antes, estando yo en Venezuela, en un congreso de Academias de la Lengua, mi esposa tuvo un accidente, con fractura de pelvis, y regresamos a España para su recuperación.

Conchita y yo compramos la casa en que hemos vivido en el barrio de Salamanca. Y a mí se me dio el cargo de director de Fondo de Arte, empresa dedicada a exposiciones de pintura y escultura, a la vez que a la compra y venta de las mismas. Camilo Porta pintó al óleo mi retrato, de tamaño natural; y Francisco Aparicio esculpió en bronce mi cabeza.

En 1998 hice un viaje a Nicaragua para que el ayuntamiento de Granada me nombrara Hijo Dilecto. En esa ocasión se me entregó también la Medalla Presidencial, y se me dio un diploma de reconocimiento del Museo-Archivo Rubén Darío, Universidad Nacional Autónoma y Alcaldía de León. El año 2002 fue amargo para nuestra familia con el fallecimiento de mi esposa Conchita, que dejó un gran vacío en mi vida y en la de mis hijas. 

El gobierno nicaragüense, en 2017, me otorgó el diploma Orgullo de mi país, a mis 87 años de edad. “Mi bibliografía consta de 31 libros y dos folletos, incluidos el Estudio de la poética de Rubén Darío, colaborando con Julio Icaza Tigerino, y Antología poética de Darío, en cooperación con Pablo Antonio Cuadra.”