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Recuerdo una tertulia íntima en una cafetería de Guayaquil, a propósito del libro, mi madre y yo, animadas con aromáticas tazas de café y títulos recién adquiridos en una feria, comenzamos a dialogar sobre el futuro del libro, si es que en esta época de gran desarrollo digital su destino es incierto y será reemplazado definitivamente por la cibernética; si la imagen matará al libro; en fin si es útil y sirve para algo. Como solía ocurrir, yo volaba en una defensa apasionada, en disquisiciones metafísicas y filosóficas; pero mi mamá que era una mujer muy sabia, pragmática y con un humor recurrente, me hizo aterrizar de prisa asegurándome con convicción que el libro tiene más vidas que un gato, que no hay en el mundo un libro malo, y que nunca una computadora podrá competir con las múltiples funciones que realiza y pasó a enumerar, con picardía, las que siguen: Sirve para adornar un salón, siempre y cuando el color del empaste de los libros combine con el de la pared o de la alfombra. Como cartera improvisada para guardar billetes y despistar a los ladrones ¿Quién se va a robar un libro? Para guardar facturas y, ¡ay!, después enloquecer buscándolas.

Para enderezar una mesa coja o como escalera para alcanzar sitios altos. Como almohada en caso de emergencia. Como soporte decorativo chic para destacar una escultura o como eficaz pisapapeles.

Para echar lámpara como intelectual y presumir de educado. Para dar un librazo en la cabeza a un cholo igualado y caradura.

Como somnífero infalible para poder dormir; en especial recomiendo una dosis de novela de un autor nacional de cuyo nombre no quiero acordarme.

Para sostener el espejo cuando una mujer quiere maquillarse y para ejercitarse en la pasarela de modelaje aprendiendo a caminar.

Para camuflar el aguardiente de la censura parroquiana y, a veces, cosas menos espirituosas, como un puñal o un revólver.

Para eternizar el recuerdo guardando románticamente una flor o una tarjeta. Como mudo alcahuete para ocultar recados amorosos de los ojos celosos del padre, hermano o cónyuge. Para esconder fotos prohibidas.

De agenda para anotar números telefónicos, nombres de amigos nuevos, títulos de otros libros y direcciones.

Como plancha eficaz para alisar papeles arrugados y documentos viejos.

Para aportar a la teoría de la evolución permitiendo que las polillas sobrevivan como especie. Para alimentar toda clase de gusanos.

Para prestárselo a un amigo y no volver a ver al libro ni al amigo. Para matar el aburrimiento de los estreñidos. Recuerdo que un amigo me contó que en tres viajes al baño leyó “La vida de una geisha”.

Para calmar la ansiedad en las salas de espera de un consultorio, en los viajes tediosos o interminables por carro o avión.

Como original mobiliario y como combustible para pirómanos e inquisidores.

Como papel higiénico en casos de extrema urgencia. Como papel para armar cigarrillos de sustancias voladoras. Para aliviar las posaderas y prevenir las hemorroides por el calor de los asientos.

Para esconder el rostro cuando se acerca algún acreedor o algún amigo indeseable al que no se quiera saludar (En estas circunstancias son útiles los Atlas y las antiguas enciclopedias).

Para espiar a hurtadillas al vecino (a) de enfrente cuando se está bañando.

Para evadirse de los reproches conyugales y de los hijos que dan lata. Para completar el presupuesto vendiéndolos por lote a los cachineros. Para que el gato regalón de la casa dormite la siesta.

¿Quién dice que el libro no tiene futuro? Es como la vaca, sirve para todo.

Tiene tantos y tantos usos que hasta sirve, imagínese, para leerlo, aprender y transformar nuestras vidas.

* (La autora es escritora y embajadora del Ecuador. Su último libro publicado es Con (textos) fugaces.)

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