Augusto Zamora R.*
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Resultaría difícil, hoy, imaginarse los paisajes verdes de la Iberoamérica tropical sin los omnipresentes árboles de mango, en sus muchas variedades de tamaño, color y sabor.

Tan omnipresentes, que una mayoría de habitantes de esta vasta región los dará como árboles autóctonos, pero no. Su origen no es americano, sino indo-birmano, tan así que India es, desde hace siglos, el mayor productor mundial de esta codiciada fruta.

Se cultiva desde hace 4,000 años y es mencionado en escrituras sagradas en sánscrito.

A la América Española llegó en el siglo XVI procedente de Filipinas, en el llamado Galeón de Manila. Portugal lo introdujo en Brasil ese mismo siglo.

Desde Acapulco, puerto donde recalaban los galeones españoles, el mango fue extendiéndose por todo el Caribe, hasta confundirse con la vegetación nativa.

El Galeón de Manila fue la primera ruta comercial global, que salía o arribaba de España a Filipinas, con parada en México, portando productos de tres continentes.

La historia deformada y petrificada que se enseña olvida episodios como este que, durante 300 años, cambiaron vegetación, dietas y geografías de esos continentes.

El episodio del mango es apenas botón de muestra. En carabelas y galeones llegaron la caña de azúcar, bananos y plátanos, que provocaron incluso revoluciones económicas.

Piense el lector que, por ejemplo, la caña de azúcar fue, en el siglo XVIII y parte del XIX lo más parecido al petróleo en la economía mundial. Pero esa es otra historia.

az.sinveniracuento@gmail.com