Jorge Eduardo Arellano
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(Del libro “Intelectuales: entre el mito y el mercado”, Edit.General Roca (R.N.) 2007, Argentina)
Gracias al mercado y a la publicidad, algunos intelectuales llegan a convertirse en cortesanos del Poder, y en algunos casos en hetairas del mismo. Si bien el fenómeno es un clásico de América Latina, para corte y cortesanos no hubo ni habrá nunca nada que supere la época del Innombrable, aunque da lo mismo decir El Sátrapa.

Esta colocación de los intelectuales acarrea la posibilidad de múltiples masajes al ego, a su fatuidad y vanidad: ser funcionarios, asesores, almorzar o cenar con los gobernantes de cuando en cuando, ser mencionado por éstos (¡el éxtasis!), y otras más ambiguas. Además de recibir halagos precisos e identificables, y otros imprecisos, motivados en su condición de estrellas rutilantes.

Los tocados por la varita mágica se desviven por participar de las fiestas de la corte, por ser vistos por el César, por cruzar miradas chispeantes con él, por ponérseles por delante y sonreírle, en tanto otros cultivan el rol de insobornables, pero rogando íntimamente que su fingida reserva y su laconismo lo seduzcan y le hagan razonar que le vendría muy bien que la gente lo asocie con intelectuales honestos y capaces como él (como el intelectual), que “no están quemados”… todavía.

Un recurso propio de intelectuales para soportar su extranjeridad en el Poder es agruparse, y desde allí intentar revenderse al César con un presunto mayor valor agregado: “el grupo X…”, “la Mesa de…”, pensando en general que aquél es un tarado que no se da cuenta de la jugada, cuando en realidad el César ya está de vuelta, y si acepta es porque piensa sacarle algún rédito a la operación. Puestos en esa carrera, no dudan en felicitarlo por la inteligencia demostrada al haberlos convocado a participar, y prometen y se prometen días venturosos para la patria por tal hecho. A partir de allí sueñan con una carrera política (invariablemente con jubilación privilegiada al final).

En consecuencia, andan de subsecta en subsecta, merodeando, influyendo, hablando en la oreja (“asesorando”) a politiqueros, señalando réprobos, pues es fundamental para ellos marcar su propio territorio como el macho de la manada contra los machos extraños.

Así se va construyendo una acumulación de poder de influencia cuya operatividad puede llegar a ser siniestra, a pesar de sus importantes lauros, sus honorables trayectorias y sus muy elevados propósitos iniciales.

Pero esto no es privativo de nuestro país ni de países latinoamericanos. También sucede en la culta Europa. Es consecuencia de un principio económico muy simple: los bienes son limitados y los aspirantes aumentan constantemente.

¿Qué diferencia tienen estos asaltantes del poder con los intelectuales orgánicos del campo marxista? Ninguna. Ambos usan al poder y a las masas en su propio beneficio.

De todos modos, son tan nocivos los orgánicos de la izquierda que renuncian al ejercicio de su autonomía intelectual a cambio de integrar la nomenclatura, como los que se venden por un jugoso contrato al Poder político o a las corporaciones en calidad de tecnócratas estables.

¿Cómo es la relación de los intelectuales con el Poder y con los Medios de Masas? Muy aceitada. ¿Qué ganan y qué pierden? Ganan mucho y pierden poco, pues las pérdidas morales no las computan. ¿Qué condicionamientos reciben? ¿Pueden resistirlos? ¿Desean resistirlos? ¿O se dejan de entrada nomás como una prostituta?
Las utilidades son considerables. No es, por lo tanto, ningún lugar despreciable. Dinero, viajes, relaciones, jubilación abultada, reciclamiento en el funcionariado, ascenso social, una buena herencia a los hijos. La posibilidad del lagrimón nostálgico el día de mañana, al recordarse hijo o nieto de aquel inmigrante pobre que no logró alcanzar su sueño de bienestar definitivo… y en cambio él… ¡las cosas que fue capaz de hacer como reivindicación y amor por su padre para que se sintiera orgulloso desde el más allá! (...)
¿Puede ser independiente un intelectual que cobra un sueldo suculento del Estado o de una corporación y que, por lo tanto, le podrá dar mejores oportunidades educativas a sus hijos, algunas compensaciones a su esposa y al final del camino obtendrá una jubilación “acomodada”?
¿Se puede ser crítico y al mismo tiempo empleado de quien se critica o de quien se debe criticar?
¿Qué ocurre cuando un nuevo gobernante se rodea de intelectuales reputados de duros, o críticos, o comprometidos, etc, etc? ¿Qué busca? ¿Cómo termina esa relación? ¿Existirán interesados en visitar los salones del Poder?
¿Y en convertirse en cortesanos para siempre? Sobre todo existiendo la posibilidad de transmitir el cargo al primogénito como en los tiempos de Indias. Eso sin mencionar a la esposa, el hermano, el cuñado, la amante y el yerno.

¿Qué le sucede, en consecuencia, a las lenguas y a las plumas de esos felices intelectuales agraciados con la grande de la lotería? Se callan, se inhiben, se adormecen, se autocensuran, se vuelven alcahuetes, chupamedias, serviles, y por miedo a meter la pata y arriesgar tan estratégica posición alcanzada no hacen nada. ¡Y santo remedio!
¡Pensar que cuando ingresaron a esos sacrosantos antros del Poder creyeron que se debían colocar las pilas y tratar de dar lo mejor de si mismos! ¡Qué error! El Poder desea precisamente todo lo contrario: ¡que suban y no hagan olas! (...)
La entrada en la corte mata al intelectual. Éste se transforma en un traidor --por acción u omisión-- a quienes alguna vez dijo que se debía, y si quiere continuar siendo honesto para sentirse mejor consigo mismo y con su conciencia deberá abandonar a sus nuevos amigos. Otra traición entonces. Además, por el sólo hecho de incorporarse ya se ha traicionado a sí mismo. (...)
Puede solicitarse la obra completa gratuitamente (se puede utilizar con fines de investigación y educativos citando la fuente) al e-mail freddyquezada@yahoo.com