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Para creyentes y no creyentes, en diversos credos e incredulidades que por fortuna cohabitan nuestro entorno, en donde predomina, como consecuencia de la historia la cultura cristiana, Mariano Dubón Alonso (León, 12 de marzo, 1862 - 17 de enero, 1934), siervo de Dios (junio, 2016), es personaje de su tiempo, cuyo ejemplo de vida se prolonga al nuestro. El mayor de trece hijos; pariente de Máximo Jerez, hijo de Virginia Alonso Jerez, y Liberato Dubón, militar y político liberal.

Estuvo, desde su discreta posición, relacionado a sucesos relevantes de fines del siglo XIX e inicios del XX. Obligado a abandonar el Colegio San Ignacio, seminario jesuita (Matagalpa), cuando el gobierno conservador de Zavala expulsó a la Compañía de Jesús (1881), fue a Ecuador para continuar su carrera eclesial. Ordenado sacerdote diocesano a los 24 años por monseñor Francisco Ulloa y Larios en la Catedral de León. El joven presbítero volvió a ser afectado (1894), cuando Zelaya decretó la primera expulsión de sacerdotes, entre ellos, Dubón y Lezcano, alegando que “era notoria la propaganda subversiva, que en las instituciones de la República se hace en el periódico oficial de la Curia de León…”. 

Por la salud deteriorada (1891) que le impedía administrar la Diócesis, el obispo Ulloa renunció y pidió a León XIII nombrar sucesor. Designó (1895) a Simeón Pereira (1863-1921), en cuya decisión influyó Dubón estando en Roma, se inclinaron por su excompañero de 32 años, quien no agradaba a Zelaya. Agravó la incomodidad el hecho que Pereira fuera consagrado en León, el 11 de julio de 1896, III aniversario de la Revolución Liberal.

Mariano se ordenó primero que Lezcano porque era mayor; dirigió los ejercicios espirituales de San Ignacio y preparó al diácono para su ordenación (1888); veinticinco años después sería designado (1913), por Pío X, primer arzobispo de Managua. Lezcano, dijo (1934): “Durante los muchos años que él y yo vivíamos juntos en el seminario de León, yo le llamaba cariñosamente ´Mi Biblioteca´, porque teniéndolo a él, que sabía y leía tanto, no tenía necesidad de tener biblioteca, le consultaba cuanto necesitaba saber”.

Dubón fue párroco de El Sauce y El Viejo, profesor del Seminario, capellán del asilo de ancianos, fundador del Hospicio San Juan de Dios, guía espiritual de religiosos, laicos, y de los Hermanos Cristianos de La Salle, a quienes trajo a Nicaragua; el Hno. Manuel Estrada reconoce: “Los Hermanos de La Salle estamos eternamente agradecidos por lo que hizo por nosotros”. Como maestro de ceremonia de la Catedral de León, presidió los funerales de Darío.

Zelaya expulsó a Pereira dos veces; el obispo excomulgó al presidente. Dubón, por las circunstancias, administró temporalmente la diócesis; ganó simpatía del Gobierno por su labor con pobres y  huérfanos. Zelaya escribió (1904): “sus tareas son dignas del mayor encomio…”.

Contribuyó a la reflexión sobre este ejemplar nicaragüense, a la memoria de mi hijo Juan José, con el libro: “El buen olor del ejemplo: siervo de Dios Mariano Dubón”; según Pallais: “El padre Dubón era santo en realidad de verdad. Aquí está el buen olor de su ungüento”. Reúno publicaciones de La Noticia y La Prensa (enero, 1934). Días después que Sacasa, su gabinete y Somoza García asistieran a los funerales -en los que, a pesar de la presencia oficial, prevaleció “la consternación piadosa de la muchedumbre”-, el 21 de febrero, ocurrió el asesinato de Sandino, que impactó la historia e inauguró una sangrienta y prolongada dictadura.

Llevó una vida “fecundamente cristiana”, “iluminó los horizontes de los humildes”, “generoso protector de los desamparados”, “protector de la infancia”, “hermano de los leprosos”, “apóstol de caridad”,  “discípulo fiel” (Pallais), “el de las manos seráficas” (Antenor Argüello), “Por aquí, una vez, un Santo pasó, que todo lo bendecía…” (J.R. Avilés), “San Mariano de Nicaragua” (Santiago Argüello)... Su legado, “deja huella”, dice monseñor. Silvio Rueda. Sacerdote modesto, pobre entre pobres, hombre de oración, comprometido con los más vulnerables, erudito, obliga a no olvidarlo, aprender de él, imitarlo en el camino personal a Cristo, por una sociedad más justa, contra las exclusiones, con fe, esperanza y solidaridad.

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