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La visita de un Papa es un acontecimiento mediático y político. En torno a este se organizan dos tipos de cobertura: la puesta en escena y la tentativa de interpretar el mensaje. Ambas, sin embargo,  buscan complementarse según los intereses que las animan. Por un lado, el oficial,  intentó organizar una coherencia cerrada, entre representación y mensaje. Organización perfecta, operativo descomunal de seguridad, acogida oficial calurosa e interpretación del mensaje, como un reconocimiento a la imagen del Chile oficial, exitoso en todos los ámbitos.  El discurso de la presidenta Bachelet fue elocuente, se alegraba de recibir al Papa en un país mejor, dando una imagen de avance sostenido.

Por otro lado, en los días previos a la visita se pusieron de manifiesto descontentos graves con la Iglesia. Criticas por el gasto público excesivo que implicaba la visita en un país con enormes necesidades, malestar por la actitud pasiva frente a los abusos sexuales de menores, crispación con el conflicto de los pueblos originario,  sobre todo mapuches, enfrentamiento en torno a valores y políticas sobre el aborto y el reconocimiento de la diversidad sexual. Temas que progresivamente han debilitado la autoridad de la Iglesia y su legitimidad; incluso entre los creyentes, como lo han demostrado las recientes encuestas. La representación en torno a esto implicó una escena muy distinta: manifestaciones de repudio, carteles callejeros, quemas de iglesias y una opinión pública dividida.

Queda demostrado que la Iglesia, como toda estructura de poder, es un campo de disputa ideológico y político. Se trata de un espacio de representación y legitimación de posiciones valóricas e intereses materiales que refuerzan o debilitan poderes y donde se juega muy rudamente. Pensemos en el papel geopolítico pro-occidental y conservador del polaco Wojtyla, en la crisis interna del Vaticano con el alemán Ratzinger o Benedicto XVI y ahora la posición social del argentino Bergoglio o papa Francisco frente al modelo socioeconómico. La visita del Papa a Chile no es más que una pequeña muestra del campo de disputa, pero ilustra las ramificaciones que tiene. 

El primero es sin duda la interna en el Vaticano, entre Francisco y los sectores más conservadores, representado por cardenales, como Tarcisio Bertone y Angelo Sodano, este último fue nuncio en Chile y aliado de Pinochet. La Iglesia chilena ha tenido episodios de sensibilidad social, pero su tónica, como todas, ha sido conservadora y aliada del poder, a no ser que este se vuelva un lastre.  Los vasos comunicantes entre la Iglesia chilena y la que algunos llaman “la mafia con sotana” son fluidos, según Alicia Barrios periodista argentina, amiga cercana al papa Francisco. Este llegó a campo minado, donde la iglesia local se deshizo de los curas del progresismo y se atrincheró con el cardenal Ezzati en el más rancio conservadurismo, aunque, pese a la reacción conservadora, se aprobaron leyes sobre aborto, reconocimiento de la diversidad sexual y contra la violencia homofóbica. Y el —sin duda— candente tema del reconocimiento de los pueblos originarios y sus reivindicaciones, así como la degradada situación social.

A su vez, la interna de los preparativos del viaje, mostraron las tensiones en torno a los temas a abordar. Las presiones para evitar que mencionara el conflicto con Bolivia sobre la salida al mar, para moderar la cuestión indígena, para no avivar las tensiones valóricas, fueron manifiestas. 

El Papa se las arregló para distanciarse de los sectores proneoliberalismo, no tensionó a la jerarquía de la Iglesia, reconoció los pasivos sociales: pobreza desigualdad y clamó por el reconocimiento de la diversidad étnica. Las frases generales, hábilmente destiladas, pusieron aquí y allá, una dosis de derechos humanos, un poco de justicia social y un aporte a los pueblos originarios. El balance está aún por hacerse pero quienes exigían más coherencia entre mensaje y acciones quedaron sin duda decepcionados. Aquellos, de ambos lados, opositores o seguidores de la línea de Francisco tendrán cada uno una frase que citar.  La Iglesia ha perdido terreno, Francisco lo sabe y los juegos del poder pasan primero.