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La única mujer escritora del istmo centroamericano que ha publicado libro sobre el literato más lúcido de Suramérica durante el siglo veinte es Margarita Carrera, autora de Ensayos sobre Borges (1999). Ya conocía yo algunos de ellos divulgados en diarios guatemaltecos desde los años ochenta. Pero ahora conforman un todo unitario: veinte lecturas relacionadas que interpretan el vértigo y el asombro borgianos, su mundo filosófico a través de las realidades concretas que para el argentino universal significan los arquetipos platónicos y las prospecciones en grandes escritores como Dante y Quevedo. En efecto, Margarita relee La Divina Comedia desde la óptica de Borges y diserta sobre el clásico español. Establece afinidades entre Borges y Nietzsche, ambos “inmoralistas”, es decir: ajenos en sus escrituras a fines moralizantes o didácticos. “Según él [Borges], la obra literaria no debe hacer concesión alguna a una doctrina, ni estar al servicio de creencias políticas, religiosas o de otra índole.”

Para la literatura guatemalteca, esta frase de Nietzsche podría atribuírsele al autor de “El Aleph” y de “Enma Zunz” (cuentos a los que aplica eficazmente el sicoanálisis freudiano): Los griegos que sueñan con Homero, y Homero es un griego que sueña. Entre otros subtemas, ella desarrolla —con espléndida mesura— la idea borgiana de la existencia de un dios detrás de Dios que culmina en el cuento “Las ruinas circulares” y la coincidencia de una prosa de Giovanni Papini (1881-1956) con la idea estructural de ese mismo cuento. También analiza “La casa de Asterión —o recreación de la leyenda del Minotauro de Creta— y el “Milagro Secreto”, el mundo onírico de su relato “Sueño de Maury” emparentado al de Freud, además de la presencia del inconsciente en Borges y Freud y de establecer un paralelo entre las ensayísticas de Borges y Octavio Paz.

Carrera deslinda la felicidad, el gozo en la palabra paciana; el sufrimiento, la angustia en la palabra borgiana. “Uno nos atrae en su esplendorosa vitalidad —leemos—, la otra nos despierta al infierno (el laberinto) donde la risa y el amor han sido abolidos y en su lugar se agiganta la tragedia de todo destino humano, iluminado por una inteligencia casi diabólica”. Paz ––afirma Margarita–– “es aventajado en estatura literaria por Borges Paz, es la vida, que acepta sin mayores complicaciones la muerte como parte de ella. Borges es la muerte que se aparta de la vida que no la acepta, que se asusta de ella. Es la sombra de la renuncia de todo lo vital, el dolor infinito que se aferra a una lógica absurda y mortal, que nos abisma con su implacable matemática”.

Por eso el ensayo más personal e interesante de su colección es el titulado: “La mujer en los cuentos de Borges”. Para este, la mujer no toma parte alguna —puntualiza Margarita— ni en su vida (exceptuando su madre) ni en su obra. “Con todo, a través de la simbología que emplea (espejos, laberintos, ríos, tigres, espadas, rosas) notamos (a la luz del sicoanálisis) cuánta sexualidad desmedida, pero oculta, encierran sus escritos”. Ese ocultamiento funciona paralelamente a un despliegue de valores patriarcales: valentía, coraje, lealtad. Para exaltarlos, pone en juego la crueldad, la violencia, el pánico, la frustración y el desamparo. Todo ello lo conduce a una ética primitiva de índole machista, propia de los pueblos de un nivel cultural precario, más que de una ética europea, cristiana y humanista. En este sentido, Borges se aleja de su vasta sumisión a la cultura occidental.

En su referido ensayo, Margarita demuestra la incomprensión de la mujer en la narrativa de Borges. No solo rechaza a la mujer, sino que la reduce a “cosa”, desconfía de ella y la desprecia. Sus personajes femeninos son borrosos, insignificantes o casuales (excepto “Enma Zunz”) y tratados como simples objetos o trofeos de guerra. (Recuérdese a la pelirroja de “El muerto”, la Lujanena de “El hombre de la esquina rosada” y a la Juliana en “La intrusa”). Tal vez Margarita no se enteró oportunamente que la actitud misógina de Borges estuvo marcada por la visita que hizo de adolescente a un burdel porteño, obligado y conducido por su padre: origen, acaso, de la autorrepresión sexual que, como es sabido, le caracterizó.

El amor de Margarita a Borges culminó en abril de 1980 cuando en Alcalá de Henares ella le dijo: ––Usted es somero. Y el Che universalista le replicó: ––Y usted ¿quién es?