Carlos Andrés Pastrán Morales
  •   Managua, Nicaragua  |
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Fue una noche tardada, intranquila, lúgubre, triste, gótica y oscura. Los edificios y casas se alzaban en lo alto como grandes catedrales medievales, a sombras de criminales, guerreros y cazadores de las calles y avenidas peligrosas de la ciudad. En mi jardín sentado estaba esperando la llegada del sol naciente y esperé mucho tiempo, esperé toda la noche.

Esperé toda la noche para que se diera un cambio y que en la oscura ciudad se alzara el Sol y la paz, pero lastimosamente me quedé dormido. Dormí por horas goteando saliva y con la cabeza revuelta de tantas ideas y tantas acciones que nunca he atrevido a hacer.

Me desperté en un sueño, estaba de pie sobre aquel jardín enorme, con grandes praderas oscuras, con la Luna llena en lo alto y con un solo árbol en el medio, hablándome. Me acerqué tristemente y extrañado de la situación. No caía en la cuenta de que era un sueño.

El árbol me habló. “¿Qué haces dormido a plena noche de caza, donde unos caen en tentaciones y otros buscan sus demonios por las madrugadas? ¿O acaso eres de aquellos incautos que buscan la felicidad a la luz del día?”. Raramente yo no podía hablar. Pero en mi mente pensé que yo solo quería el bien para todos de la buena manera. “¿Te has levantado todos los días con el pie derecho? ¿Saludado a todas las personas en el día? ¿Ayudado a los que necesitan ayuda? ¿Aceptado tus errores? ¿Has sido bueno últimamente?”. Recordé que lo único que hacía era lo mismo, preocuparme por la vida de los demás, pero nunca había hecho un cambio.

Sentía rabia por aquellos momentos en los que vi cómo le robaban a la gente, en los que pude pero que no hice algo para ayudar a alguien, en los que hice sentir mal a alguien indirectamente, en los que ignoré a algunos por caprichos, en los que me sentí diferente a mis ideales, en los que piropeaban a las mujeres en las calles, en los que asaltaban, en los que mataban a los demás, en los que nunca tomé iniciativa de algo, todos esos momentos de rabia en donde solo me quejé pero que no hice nada, nunca.

Aquella luna de aquel desconocido jardín parecía quemar y la noche no era fría, era caliente. Era espesa, muy nublosa, muy pesada.

Me subí al árbol gigante que custodiaba las buenas intenciones en esos mundos paralelos y poco convencionales. Desde la cima se podía ver a todos aquellos que no tenían el pensamiento mínimo de preocupación sobre la situación actual de sus vidas y de la de los demás, de los sentimientos, de las familias y los amores verdaderos. Se miraban como lombrices escarbando, pudriendo, tratando de alcanzar el árbol en lo alto. Pura maldad y puro odio.

Irónicamente en la conífera del árbol me quemaba aún más. Estaba llegando al momento de iluminación y lucidez, de conocimiento y locura, del momento exhaustivo de la razón, el momento en donde sabes qué hacer y qué no hacer. 

Pero desperté de mi sueño profundo. Era de día y había sol en mi patio. El árbol de limones estaba seco, los perros al lado. Yo estaba mal dormido en una silla con la cara quemada, y me di cuenta, que pienso mucho, hablo bastante y hago poco.

Queda seguir reflexionando sobre el hablar menos y actuar más si queremos cambiar la actual sociedad y crear una Nicaragua mejor para todos en el futuro.