Orlando López-Selva
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José Levy, de CNN, entrevistó a la presidente saliente de Chile, Michelle Bachelet. Una pregunta llamó mucho mi atención: “¿Intentará usted reelegirse otra vez, después del período del  presidente Piñera?”. Ella respondió: —“No. No le hagamos daño a la democracia…; hay que darle oportunidad a las nuevas generaciones…” 

Mi punto: la declaración de la presidente Bachelet demuestra: 1) su vocación democrática está por encima de sus ambiciones personales o intereses partidarios; 2) es una estadista decente, ejemplar y consciente de la bondad de la democracia; 3) la izquierda chilena, humildemente, no se siente mesiánica, todopoderosa, dueña de la historia, ni busca instituirse como partido único. Esa actitud ¿es reflejo de una actitud y cultura superiores de sus políticos? ¿Por qué cuesta tanto construir la democracia en el Trópico, y, obviamente, parece bien arraigada en el Cono Sur?

Los países más tropicales padecen tres males: 1) no han sabido converger, a pesar de la relativa homogeneidad cultural; 2) no han aprendido a consensuar a largo plazo; 3) sus desacuerdos económicos los indisponen para trabajar juntos, creyendo que la ideología suplanta a la cultura y al modelo de desarrollo integral. Esto ha conducido a permanentes crisis, conflictos y profundos antagonismos sociales.

Los chilenos sí superaron sus prejuicios. Se entendieron; supieron conciliar sus diferencias; pudieron comprender que solo con instituciones democráticas podían y lo han logrado con mucho éxito, sacar adelante a Chile, hasta convertirlo en la nación de mayor desarrollo humano de América Latina. Llegaron más allá de las predicciones de los economistas de los años 70, que sostenían que los países que primero alcanzarían el desarrollo serían Argentina y Brasil. 

Así, cuando hay una transición en Chile de la izquierda hacia la derecha o viceversa, no es problema, en absoluto. Mucho menos, un trauma que va enardecerá  a obreros o angustiará a empresarios. 

Y en mucho se ve que los chilenos dejaron de ver hacia atrás. Miran solo hacia delante. 

Además, cuando los valores, el civismo y el patriotismo son fuertes, la ideología solo es barniz de menor relevancia.  Para esta izquierda cono-sureña evolucionada (¡no revolucionada!) es  más importante enamorarse del desarrollo que infundirse de odios históricos. 

Esta izquierda aprendió que para gobernar en paz con todos y por el interés nacional de Chile, había que unir al país, no dividirlo. Era cosa de hacer la política buscando el mayor consenso, e, internacionalmente, no ser súbditos de nadie. Rápidamente se dieron cuenta que los valores, la pluralidad y los mecanismos de diálogo y concertación dan estabilidad y  propician la paz. 

Esta izquierda evolucionó. ¿Por qué otros nunca se bajaron del árbol, o se quedaron en lodosas cavernas desde donde tiran piedras y nunca salen a buscar la luz?  

¿Esta izquierda del Cono Sur se parece más al socialismo oeste-europeo auténtico, digno, distante de Moscú y China porque sus ideas las trasladaron más fácilmente los migrantes  que se asentaron al extremo del Suramérica?


Demás está decirlo, solo los países, que siendo pobres y se inscriben en bandos ideológicos extremistas, de manera muy obsequiosa, pierden respeto, fácilmente. Incurren así en el fanatismo y se crean conflictos internacionales. Tampoco intuyen que, a la hora de una crisis aciaga, en cualquier negociación que se dé entre las potencias, serán fácilmente sacrificados.  

Veamos algunos datos económicos de Chile: 

Es la quinta economía más grande de América Latina y la número 37, mundial), con un PIB de US$436.1 billones (solo le superan Brasil, México, Colombia, Argentina), tiene un per cápita de US$23,969 (el más alto de Latinoamérica); con solo 16.3 millones de habitantes (un poco más que la población de Guatemala); en 756,000 km2. Es el país más competitivo continentalmente; y el número 10 global. Sus principales socios comerciales son de tres continentes (¡Evidencia lo inteligente de no aliarse con nadie!): China, Estados Unidos, Japón, Brasil, Corea del Sur. Solo el 2.7% de su población vive bajo la línea de la pobreza; su desempleo es de apenas el 6.7%. Además, es el país menos corrupto regionalmente. 

Con esas estadísticas, ¿verdad que la cultura democrática ha influido en el liderazgo chileno, sin importar ideologías?

¿Podrán, el resto de países latinoamericanos viendo los éxitos del modelo económico-político chileno, adoptarlo e implantarlo?  

Obviamente, la declaración de la presidente Bachelet evidencia la alta calidad de su liderazgo político; su sabia conciencia democrática, sin egoísmos, fanatismos, ni adicciones autoritarias; y su clara inteligencia: desprejuiciada, cívica, tolerante.

Chile tomó el caminó de en medio, no de los extremos. He ahí su éxito.