Eddy Zepeda Cruz
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La vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad son derechos universalmente aceptables. No existen, o no deberían existir, sesgos, grados o niveles de mayor o menor cantidad de dichos indicadores de calidad de vida por sexo, condición social, raza, etc. Todos merecemos por igual esos derechos. Eso es lo  ideal, lo utópico. 

Sin embargo, los mismos seres humanos nos hemos encargado de conceder más derechos a unos y limitar los de otros, al igual que en materia de deberes o responsabilidades. Las cumbres climáticas son evidencia de ello. Los mayores contaminantes intentan compartir la culpa con las victimas del calor, el hambre, la sed y las injusticias sociales…

Cifras recientes de investigadores de prestigio (occidentales) dan cuenta que el 1% de las personas más ricas consumen el 68% de las riquezas del mundo, lo mismo que consume la mitad de la población (3,700,000 de habitantes), apareciendo cada 2 días un nuevo multimillonario a costa de cuantos millones de miserables que producen esas riquezas. Desfachatez obscena.

En medio de este desorden internacional bien ordenado es posible además encontrar disparidades reñidas inclusive con la misma Declaración Universal de Derechos Humanos: el desarraigo y rechazo de grupos considerados NO normales: las personas con discapacidad (con alguna limitación física, mental o sensorial) y los grupos LGTB (hombres y mujeres con opciones de comportamiento NO heterosexual), quienes han asumido nombres y apellidos múltiples como mecanismo de defensa ante el rechazo social. Más de 40 se encuentran en las clasificaciones médicas (trans, tras, bi, etc., etc.), sabiéndose ya que dicha condición no es médica propiamente, sino multifactorial, confirmado por su exclusión de las clasificaciones siquiátricas hace varias décadas. 

Ambos grupos han luchado años por sus derechos, en todos los tiempos y lugares, habiendo logrado los primeros ser incluidos en leyes y reglamentos a ser cumplidos con mandato constitucional en casi todos los países miembros de las Naciones Unidas (193), aunque sea parcialmente. No ha pasado lo mismo con los del segundo grupo, quienes asumen nombres tan diversos sin superar el fenómeno de La Negación de su condición, lo que quizás disperse los esfuerzos y los debilite. 

¿Por qué no replantear la estrategia partiendo del hecho básico y fundamental de asumir y aceptar su diversidad en relación al resto de la población? ¿Genética y fenotípicamente? Es decir: ¿desde la formación intrauterina, cromosómica) y después al nacer, con las características físicas específicas que nos hacen únicos ante la sociedad? Aceptar la propia condición y no negarla o tergiversarla sería más oportuno para alcanzar los derechos como ciudadanos de cualquier comunidad y sociedad. Sin ánimos de comparar condiciones tenemos el ejemplo de la problemática de las adicciones: el punto de partida es aceptar que se tiene un problema con el tabaco, alcohol, otras drogas, el juego, etc., para proceder a un proceso de rehabilitación. No reconocerlo es la posibilidad de no superarlo y seguir hacia el barranco: conflictos familiares, conyugales, laborales, enfermedades y muerte. Una especie de continuum.

Habiendo intentado aportar al debate validamos la hipótesis o premisa planteada con un ejemplo hermoso y reciente: los juegos Paralímpicos Centroamericanos que se ejecutan en el país. Personas con limitaciones, con capacidades diferentes, con discapacidades, participan en las diferentes disciplinas, modificadas y adaptadas a sus limitaciones, admiradas y aplaudidas por quienes no las tienen. No tienen por qué negar su condición. Las normas y reglas también se adaptan a sus capacidades, sin ser por ello de menos calidad que los otros tipos de competencias. Son respetados, admirados, y amados por todos.

La coexistencia pacífica y armoniosa podemos construirla todos, con nuestras semejanzas y diferencias.

Salud para todos.